¡AY DEL QUE SE SALGA DE LA FILA!, por Ludwig Harig
“Estos jóvenes aprenderán a pensar como alemanes y a actuar como alemanes. Los niños pasarán de las agrupaciones infantiles a las Juventudes hitlerianas, allà nos los quedaremos otros cuatro años y no será para devolverlos después a quienes se dedican desde antiguo a recrear clases y categorÃas sociales, sino para hacerles ingresar de inmediato en el Partido o en el Frente de Trabajadores, en las formaciones de asalto, las SA, o en las de élite, las SS, en las motorizadas de la NSKK, etc. Si aún no salieren convertidos en nacionalsocialistas de la cabeza a los pies, ingresarán en el Servicio de Trabajo Social obligatorio para pulirlos allà durante otros seis o siete meses. Y en el supuesto de que a alguno que otro le quedara todavÃa un resquicio de conciencia de clase o de orgullo social, será el Ejército el encargado de extirpárselo. Y después, para que no puedan sufrir una recaÃda, los haremos ingresar de nuevo en las SA, las SS, etc. Ya no se verán libres durante toda su vida.†(Adolf Hitler, Völkischer Beobachter, 1938)
* * * * * *
Después del primer proceso por crÃmenes de guerra estuve a punto de conseguir que padre mantuviera conmigo una conversación sobre los crÃmenes del Estado nazi.
-No- me contestó, -no quiero hablar de eso porque yo no sabÃa nada.
Siguió argumentando que cuando él iba a la escuela aún les enseñaban a respetar la ley y el orden, que él habÃa luchado bajo las órdenes del káiser cuando aún era honorable conducir a una patrulla por el campo de batalla, que durante años no habÃa hecho otra cosa que trabajar, pagar sus impuestos y no cometer ningún delito y ahora, de repente, pretendÃan que él se sintiera culpable de unos crÃmenes que habÃan cometido otros.
-No encerrarÃan a nadie que fuese del todo inocente- me insistió, -que me cuenten lo que quieran. Desde que tengo capacidad de pensar, los delincuentes son los detenidos y no aquellos que los detienen.
Después pegó un puñetazo en la mesa, un golpe tan fuerte que las tazas de café dieron un pequeño brinco y exclamó:
-¡Cómo podrÃa suponer yo que un gobierno alemán ordenara cometer esos crÃmenes que están saliendo ahora a la luz!
Él seguÃa alabando las normas de la época del káiser y no querÃa aprender las reglas de la democracia.
-¿Qué quieren decir con eso de tener el valor de vivir en libertad, de estar obligado a la resistencia?- preguntó, -a mà me han enseñado a obedecer y ahora soy demasiado viejo para cambiar.
Padre creÃa profundamente en que cualquier revuelta no puede causar más que desorden, y cualquier desorden dará a su vez origen a una nueva revuelta. Ésta era su lógica, y como justo en aquel otoño fue publicado el escrito de Eugen Kogon El Estado de las SS, conseguà leer en dicho escrito por primera vez una argumentación que iba en favor del punto de vista de mi padre: “Lo que no debe ser, no puede serâ€. ¿Por qué debÃa haberse opuesto él a las autoridades que hacÃan formar a sus hijos en fila, saludar la bandera, someterse a un führer que se habÃa proclamado heredero del Reich, un imperio que a mi padre no le merecÃa más que veneración y respeto?
Hitler nunca le habÃa gustado, me argumentó, era un sujeto de cuidado, pero “jamás fue traidor a su patriaâ€. Yo discutà con padre, pero fue una pelea inútil; él se atrincheró detrás de sus principios de fe y se mantuvo allà a cubierto, como un viejo solado raso que ha aprendido a resguardarse en la trinchera. ¿Y yo? ¿Qué pasaba conmigo? ¿Qué habÃa sido de mi fe en el führer, el pueblo y la patria?
Yo me habÃa deshecho de todo aquello como si jamás hubiese significado nada para mÃ. El “Mito del siglo XX†no habÃa durado mucho, no habÃa echado raÃces tan profundas como la fe castrense de padre, habÃa resultado ser espuma de jabón que después de hincharse mucho se deshace al primer golpe de viento. No ha quedado nada de aquello, ni una sola burbuja. ¿Me sentÃa yo liberado? ¿Liberado de qué? ¿Era yo libre? ¿Libre para qué? ¿Era yo el mismo que habÃa sido aún hace un año? ¿Era otro?
En su dÃa ya me habÃa ocupado de esos problemas, intenté entenderlos, responder a ellos, interpretarlos. El resultado fue nulo, junto con el Reich y su mito se hundió todo un mundo, pero las circunstancias de su hundimiento no me plantearon ningún problema. Me sentÃa libre y con eso me bastaba. […] El holocausto de Auschwitz y la bomba de Hiroshima se asentaron en mi memoria como un eco lejano de la guerra, y tan sólo en los años cincuenta empezaron a adquirir mayor peso en mi imaginación y mi conciencia.
En el primer decenio posterior a la guerra se fue orquestando en todos los cráneos el concierto de las nuevas posibilidades que se nos ofrecÃan. Cualquier salida era posible. Antes de que las insignias del Partido se oxidaran en los sumideros y las imágenes del führer se enmohecieran en las buhardillas, los viejos miembros del Partido pasaron a ocupar de nuevo sus antiguos puestos, cambiaron de chaqueta en un santiamén. Otto Früh, mi último profesor de primaria y cargo del Partido en Sulzbach, entró muy pronto a trabajar en la Escuela Normal para formar a los nuevos maestros y, con el tiempo, le nombraron incluso inspector de enseñanza. Aún me faltaba mucho para que yo mismo llegara a ser maestro cuando ya empezaban a oÃrse desde los púlpitos las voces francas y alegres de los cristianodemócratas, los demócratas liberales y los socialdemócratas, voces que incluso salÃan de la boca de los viejos nacionalsocialistas.
-Yo sólo consentà en ser jefe de grupo para evitar cosas peores -decÃa Otto Früh, mientras se pasaba la mano con agrado por el cabello donde se le veÃa una raya trazada con precisión. No tenÃa reparos en mencionar los valores humanistas que siempre le habÃan guiado.
-Estamos dentro de la antigua tradición alemana- me dijo un dÃa en que me lo encontré delante de la misma escuela en la que me habÃa enseñado a callar y a no moverme, -el tercer Reich no fue más que un mal sueño que deberÃamos olvidar cuanto antes.
¿Qué hacer, pues, recordar u olvidar? ¿Sacar a la luz o reprimir? Empecé a estudiar. Aprendà que la pedagogÃa le exige mucho al nuevo ser humano y que la psicologÃa lo vuelve a rechazar todo; aprendà que la psicologÃa exige una nueva forma de aprender que, a su vez, es rechazada por la pedagogÃa. […] “Según sea el casoâ€, nos dice la psicologÃa, de modo que aprendÃa a decir “según el casoâ€, y también “por lo demásâ€, o “dadas las circunstanciasâ€. Aprender se convirtió en algo facilÃsimo.
-Yo he olvidado- dijo Klaus Barbie a un reportero de la televisión boliviana que lo acompañó a Lyon después de haber sido detenido en La Paz. En qué estará pensando ahora, encerrado en una celda detrás de los muros altos y pelados de la cárcel de Montluc, sentado en el borde de su camastro e intentando luchar contra los recuerdos que le deben asaltar.
Barbie afirma que él ha olvidado, y que si los demás no pueden olvidar es problema suyo. Nos dicen que se presentó en la sala del tribunal con una leve sonrisa, vestido con un traje de raya fina, el cabello largo le caÃa desde desde la parte posterior del cráneo sobre las orejas y torcÃa la boca en un gesto de asco insolente. […]
Ya es tarde, es de noche, pero no puedo dormir. Mis pensamientos vuelven atrás, cuarenta años, cincuenta años. No se me ha olvidado nada y me pregunto: ¿No tendré alguna culpa en que el pequeño Renée se saliera de la fila y malograra su vida en un orfelinato? ¿De que aquel vecino a quien no le gustaba trabajar fuese internado en un campo de concentración, le maltrataran y le cruzaran el rostro?
También yo intervine en el juego, también yo canté la misma melodÃa. Mientras me habÃa lavado con jabón flotante me reÃa, y asà asesinaba una vez más al viejo judÃo. También yo habÃa entonado lleno de fe: “La bandera es la patria y sus enemigos deben morir†y contribuà con ello a torturar a Jean Moulins hasta la muerte.
No, no puedo hacer nada por borrar lo sucedido.
* * *
LUDWIG HARIG, ¡Ay del que se salga de la fila! Anaya & Mario Muchnik, 1992. Traducido del alemán por Helga Pawlowsky.
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November 4th, 2007 @ 14:37
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