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"Para que una nación ame la libertad basta con que la conozca, y para que sea libre basta con que lo desee." Lafayette

¡AY DEL QUE SE SALGA DE LA FILA!, por Ludwig Harig

Filed under: TRIBUNA LIBRE — 4 November, 2007 @ 14:39

“Estos jóvenes aprenderán a pensar como alemanes y a actuar como alemanes. Los niños pasarán de las agrupaciones infantiles a las Juventudes hitlerianas, allí nos los quedaremos otros cuatro años y no será para devolverlos después a quienes se dedican desde antiguo a recrear clases y categorías sociales, sino para hacerles ingresar de inmediato en el Partido o en el Frente de Trabajadores, en las formaciones de asalto, las SA, o en las de élite, las SS, en las motorizadas de la NSKK, etc. Si aún no salieren convertidos en nacionalsocialistas de la cabeza a los pies, ingresarán en el Servicio de Trabajo Social obligatorio para pulirlos allí durante otros seis o siete meses. Y en el supuesto de que a alguno que otro le quedara todavía un resquicio de conciencia de clase o de orgullo social, será el Ejército el encargado de extirpárselo. Y después, para que no puedan sufrir una recaída, los haremos ingresar de nuevo en las SA, las SS, etc. Ya no se verán libres durante toda su vida.” (Adolf Hitler, Völkischer Beobachter, 1938)

* * * * * *

Después del primer proceso por crímenes de guerra estuve a punto de conseguir que padre mantuviera conmigo una conversación sobre los crímenes del Estado nazi.

-No- me contestó, -no quiero hablar de eso porque yo no sabía nada.

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Siguió argumentando que cuando él iba a la escuela aún les enseñaban a respetar la ley y el orden, que él había luchado bajo las órdenes del káiser cuando aún era honorable conducir a una patrulla por el campo de batalla, que durante años no había hecho otra cosa que trabajar,  pagar sus impuestos y no cometer ningún delito y ahora, de repente, pretendían que él se sintiera culpable de unos crímenes que habían cometido otros.

-No encerrarían a nadie que fuese del todo inocente- me insistió, -que me cuenten lo que quieran. Desde que tengo capacidad de pensar, los delincuentes son los detenidos y no aquellos que los detienen.

Después pegó un puñetazo en la mesa, un golpe tan fuerte que las tazas de café dieron un pequeño brinco y exclamó:

-¡Cómo podría suponer yo que un gobierno alemán ordenara cometer esos crímenes que están saliendo ahora a la luz!

Él seguía alabando las normas de la época del káiser y no quería aprender las reglas de la democracia.

-¿Qué quieren decir con eso de tener el valor de vivir en libertad, de estar obligado a la resistencia?- preguntó, -a mí me han enseñado a obedecer y ahora soy demasiado viejo para cambiar.

Padre creía profundamente en que cualquier revuelta no puede causar más que desorden, y cualquier desorden dará a su vez origen a una nueva revuelta. Ésta era su lógica, y como justo en aquel otoño fue publicado el escrito de Eugen Kogon El Estado de las SS, conseguí leer en dicho escrito por primera vez una argumentación que iba en favor del punto de vista de mi padre: “Lo que no debe ser, no puede ser”. ¿Por qué debía haberse opuesto él a las autoridades que hacían formar a sus hijos en fila, saludar la bandera, someterse a un führer que se había proclamado heredero del Reich, un imperio que a mi padre no le merecía más que veneración y respeto?

Sobrevivientes jóvenes del campo de concentracion Dachau, 1945.

Hitler nunca le había gustado, me argumentó, era un sujeto de cuidado, pero “jamás fue traidor a su patria”. Yo discutí con padre, pero fue una pelea inútil; él se atrincheró detrás de sus principios de fe y se mantuvo allí a cubierto, como un viejo solado raso que ha aprendido a resguardarse en la trinchera. ¿Y yo? ¿Qué pasaba conmigo? ¿Qué había sido de mi fe en el führer, el pueblo y la patria?

Yo me había deshecho de todo aquello como si jamás hubiese significado nada para mí. El “Mito del siglo XX” no había durado mucho, no había echado raíces tan profundas como la fe castrense de padre, había resultado ser espuma de jabón que después de hincharse mucho se deshace al primer golpe de viento. No ha quedado nada de aquello, ni una sola burbuja. ¿Me sentía yo liberado? ¿Liberado de qué? ¿Era yo libre? ¿Libre para qué? ¿Era yo el mismo que había sido aún hace un año? ¿Era otro?

En su día ya me había ocupado de esos problemas, intenté entenderlos, responder a ellos, interpretarlos. El resultado fue nulo, junto con el Reich y su mito se hundió todo un mundo, pero las circunstancias de su hundimiento no me plantearon ningún problema. Me sentía libre y con eso me bastaba. […] El holocausto de Auschwitz y la bomba de Hiroshima se asentaron en mi memoria como un eco lejano de la guerra, y tan sólo en los años cincuenta empezaron a adquirir mayor peso en mi imaginación y mi conciencia.

En el primer decenio posterior a la guerra se fue orquestando en todos los cráneos el concierto de las nuevas posibilidades que se nos ofrecían. Cualquier salida era posible. Antes de que las insignias del Partido se oxidaran en los sumideros y las imágenes del führer se enmohecieran en las buhardillas, los viejos miembros del Partido pasaron a ocupar de nuevo sus antiguos puestos, cambiaron de chaqueta en un santiamén. Otto Früh, mi último profesor de primaria y cargo del Partido en Sulzbach, entró muy pronto a trabajar en la Escuela Normal para formar a los nuevos maestros y, con el tiempo, le nombraron incluso inspector de enseñanza. Aún me faltaba mucho para que yo mismo llegara a ser maestro cuando ya empezaban a oírse desde los púlpitos las voces francas y alegres de los cristianodemócratas, los demócratas liberales y los socialdemócratas, voces que incluso salían de la boca de los viejos nacionalsocialistas.

-Yo sólo consentí en ser jefe de grupo para evitar cosas peores -decía Otto Früh, mientras se pasaba la mano con agrado por el cabello donde se le veía una raya trazada con precisión. No tenía reparos en mencionar los valores humanistas que siempre le habían guiado.

Klaus Barbie sonríe durante el juicio en que fue condenado. Dijo que él había conseguido olvidar sus crímenes.

-Estamos dentro de la antigua tradición alemana- me dijo un día en que me lo encontré delante de la misma escuela en la que me había enseñado a callar y a no moverme, -el tercer Reich no fue más que un mal sueño que deberíamos olvidar cuanto antes.

¿Qué hacer, pues, recordar u olvidar? ¿Sacar a la luz o reprimir? Empecé a estudiar. Aprendí que la pedagogía le exige mucho al nuevo ser humano y que la psicología lo vuelve a rechazar todo; aprendí que la psicología exige una nueva forma de aprender que, a su vez, es rechazada por la pedagogía. […] “Según sea el caso”, nos dice la psicología, de modo que aprendía a decir “según el caso”, y también “por lo demás”, o “dadas las circunstancias”. Aprender se convirtió en algo facilísimo.

-Yo he olvidado- dijo Klaus Barbie a un reportero de la televisión boliviana que lo acompañó a Lyon después de haber sido detenido en La Paz. En qué estará pensando ahora, encerrado en una celda detrás de los muros altos y pelados de la cárcel de Montluc, sentado en el borde de su camastro e intentando luchar contra los recuerdos que le deben asaltar.

Barbie afirma que él ha olvidado, y que si los demás no pueden olvidar es problema suyo. Nos dicen que se presentó en la sala del tribunal con una leve sonrisa, vestido con un traje de raya fina, el cabello largo le caía desde desde la parte posterior del cráneo sobre las orejas y torcía la boca en un gesto de asco insolente. […]

Ya es tarde, es de noche, pero no puedo dormir. Mis pensamientos vuelven atrás, cuarenta años, cincuenta años. No se me ha olvidado nada y me pregunto: ¿No tendré alguna culpa en que el pequeño Renée se saliera de la fila y malograra su vida en un orfelinato? ¿De que aquel vecino a quien no le gustaba trabajar fuese internado en un campo de concentración, le maltrataran y le cruzaran el rostro?

También yo intervine en el juego, también yo canté la misma melodía.  Mientras me había lavado con jabón flotante me reía, y así asesinaba una vez más al viejo judío. También yo había entonado lleno de fe: “La bandera es la patria y sus enemigos deben morir” y contribuí con ello a torturar a Jean Moulins hasta la muerte.

No, no puedo hacer nada por borrar lo sucedido.

* * *

LUDWIG HARIG, ¡Ay del que se salga de la fila! Anaya & Mario Muchnik, 1992. Traducido del alemán por Helga Pawlowsky.

1 comentario »

  1. Filosofía Digital » ¡AY DEL QUE SE SALGA DE LA FILA!, por Ludwig Harig:

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