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"Para que una nación ame la libertad basta con que la conozca, y para que sea libre basta con que lo desee." Lafayette

LAS PODEROSAS EMOCIONES PÚBLICAS Y EL MIEDO AL CAMBIO, por Jesús Nava

Filed under: SANTO Y SEÑA — 16 October, 2007 @ 19:12

“Para ayudar a un pueblo hay que comprender su idiosincrasia y las causas del miedo a la libertad que lo atenaza. E identificarse con él sin someterse a sus defectos. Todos los pueblos ricos, y más aún los recientemente enriquecidos, como España, tienen más libertad para cambiar y menos interés en el cambio. Es natural. Así que tendremos que hacer mucha, y muy paciente, pedagogía política y moral, pues como decía también Tocqueville, en las sociedades más igualitarias e individualistas, donde ninguna obligación liga entre sí a los ciudadanos, ‘habrá que convencerlos uno a uno’. ¡Ahí es nada!”

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Soy consciente del enorme desafío que se nos presenta a los demócratas por querer el gobierno del pueblo en un país conformista y dividido en dos bandos por sendas ideologías contrapuestas, la conservadora y la progresista, pero igualmente reaccionarias, y que emiten, subrepticia o descaradamente, el mismo mensaje: los españoles deben resignarse a ser eternamente un rebaño administrado, porque no saben ser libres.

Midas transmutando todo en oro, por Hannah Humphrey, 9 de marzo de 1797.

La “lucecita de El Pardo” que velaba por los españoles durante la dictadura, porque no se nos podía dejar solos, ha sido reemplazada por una ristra de  déspotas iluminados que, desde hace treinta años, habitan por turno el palacio de La Moncloa  y alardean de darlo todo por el pueblo… ¡pero sin el pueblo! Los caudillos, por la gracia de Dios o de los votantes, pasan; pero la “democracia orgánica” permanece para siempre.

El pueblo vota democráticamente y el votado bota de alegría democrática porque -como el señor de Corville en una novela del Marqués de Sade- “se hizo digno de obtener los más altos cargos de su país, aceptando tales honores nada más que para obrar en beneficio del pueblo, la gloria de su soberano y la fortuna de sus amigos”.

Decía Tocqueville que lo que más temía para las generaciones futuras no eran las revoluciones, sino la apatía de los ciudadanos, agitados sin descanso en la búsqueda de comodidades domésticas e intereses privados, que se volverían inaccesibles “a esas grandes y poderosas emociones públicas que turban a los pueblos, pero que los alimentan y los renuevan”.

Además, el amor ardiente al dinero, tan volátil, en una sociedad donde la mayoría de los individuos viven en ciudades y pueblos cada vez menos hospitalarios, apilados como cajas de zapatos y aislados como presos en sus celdas, impide que la gente se encariñe con su país y pueda echar raíces sobre un pedazo de tierra, aunque sólo sea para cultivar flores.

No es extraño, pues, que “lleguen al punto de considerar toda nueva teoría como un peligro, toda innovación como un enojoso desorden, todo progreso social como un primer paso hacia una revolución, y se nieguen por entero al cambio por temor a verse arrastrados por él”.

Para ayudar a un pueblo, pues, hay que comprender su idiosincrasia y las causas del miedo a la libertad que lo atenaza. E identificarse con él sin someterse a sus defectos. Todos los pueblos ricos, y más aún los recientemente enriquecidos, como España, tienen más libertad para cambiar y menos interés en el cambio. Es natural.

Así que tendremos que hacer mucha, y muy paciente, pedagogía política y moral, pues como decía también Tocqueville, en las sociedades más igualitarias e individualistas, donde ninguna obligación liga entre sí a los ciudadanos, “habrá que convencerlos uno a uno”. ¡Ahí es nada!

Sólo los hombres y mujeres decididos a ser libres y autogobernarse serán dignos del más sustancial de sus derechos naturales: la búsqueda de la felicidad. Pero para empezar la tarea nobilísima de despertar a los pueblos que sestean, y sacudirlos con alguna de esas poderosas emociones públicas que los hacen madurar y renovarse, se precisan, sin duda, hombres y mujeres heroicos, dispuestos a hacer grandes sacrificios y que no tengan miedo ni siquiera al miedo; pues, salvo los ingenuos o los que están en la inopia, nadie podrá creer que los miserables que cabalgan, con fusta y espuelas, a lomos del pueblo, se apearán de tan cómoda situación por las buenas.

O dicho de otra forma, con palabras de Thomas Paine: “Quienes esperan cosechar las bendiciones de la libertad deben, como hombres, soportar las fatigas de defenderlas”.

“Digo el primordial santo y seña, hago el signo de la democracia. No aceptaré nada que no sea ofrecido a los demás en iguales condiciones.” WALT WHITMAN

1 comentario »

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