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"Para que una nación ame la libertad basta con que la conozca, y para que sea libre basta con que lo desee." Lafayette

LOS DESERTORES DE LOS DERECHOS E INTERESES DEL PUEBLO, por Thomas Jefferson

Filed under: ABECÉ DE LA DEMOCRACIA — 30 September, 2009 @ 11:40

“Reconozco y confieso que, en conversaciones privadas, he desaprobado sin reservas el sistema del secretario del Tesoro [Hamilton]; y no se trataba simplemente de una diferencia especulativa. Su sistema emanaba de principios contrarios a la libertad, y estaba calculado para socavar y demoler la República creando una influencia de su departamento sobre los miembros del Legislativo. Ya no era, por consiguiente, el voto de los representantes del pueblo, sino el de los desertores de los derechos y los intereses del pueblo; y era imposible considerar sus decisiones, que no tenían otro objetivo que el propio enriquecimiento, como medida de una mayoría imparcial, siempre merecedora de respeto. Si insignificantes son para mí los honores y emolumentos de mi cargo, grande es el valor que atribuyo a la estima de mis conciudadanos, y, consciente de haberla merecido por una integridad sin reproche y una devoción entusiasta por sus derechos y libertades, no he de tolerar que mi retiro se vea ensombrecido por las calumnias de un hombre cuya historia es una trama de maquinaciones contra la libertad del país que no sólo le ha recibido y le ha dado el pan, sino que le ha colmado de honores.”

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Me tomo ahora la libertad de pasar a la parte de vuestra carta donde mencionáis las disensiones internas que se han producido en el seno de nuestro gobierno, y su desagradable efecto para su andadura.

LOS REPRESENTANTES CORROMPIDOS SE CONVIERTEN EN DESERTORES DE LOS DERECHOS E INTERESES DEL PUEBLO, Y SU VOTO NO MERECE NINGÚN RESPETO

Es cierto que se han producido dichas disensiones, e incluso entre aquellos más cercanos a vos en la Administración. A nadie han causado más preocupación que a mí; a nadie pareja mortificación por ser yo mismo parte de ellas. Aunque no cargo sobre mí mismo más que la porción que me corresponde de las observaciones generales de vuestra carta, deseo tanto que conozcáis toda la verdad, y que no creáis otra cosa que la verdad, que aprovecho gustosamente toda ocasión de manifestaros lo que hago o pienso en relación con el gobierno; por consiguiente, os pido permiso para extenderme más de lo que la ocasión particular exige o podría quizá de otro modo justificar.

Alexander Hamilton, según retrato de John Trumbull, 1806.

Cuando me embarqué en el gobierno, lo hice resuelto a no entrometerme en absoluto con el Legislativo, y lo menos posible con mis codepartamentos. Al primer y único ejemplo de excepción, a la primera parte de mi decisión, fui engañosamente inducido por el secretario del Tesoro [Hamilton], de cuyas maquinaciones, que por entonces yo no comprendía suficientemente, fui instrumento; y de todos los errores de mi vida política éste es el que más profundamente he deplorado. Siempre tuve la intención de explicároslo cuando, de actores en el escenario, pasáramos a ser únicamente espectadores sin interés.

La segunda parte de mi decisión ha sido religiosamente observada en lo tocante al departamento de la Guerra; y en cuanto al del Tesoro, sólo se ha desviado por la mera enunciación de mis sentimientos en el curso de alguna conversación, y principalmente con personas que, expresando los mismos sentimientos, me indujeron a manifestarme. Si se ha supuesto que he intrigado con los miembros del Legislativo, para frustrar los planes del secretario del Tesoro, esa suposición es contraria a la verdad. Ni concebí nunca el deseo de influir a los miembros, ni tuve más medios que mis amistades, a las que atribuyo un precio demasiado alto para arriesgarlas usurpando su libertad de juicio y el escrupuloso respeto a su propio sentido del deber.

Reconozco y confieso que, en conversaciones privadas, he desaprobado sin reservas el sistema del secretario del Tesoro; y no se trataba simplemente de una diferencia especulativa. Su sistema emanaba de principios contrarios a la libertad, y estaba calculado para socavar y demoler la República creando una influencia de su departamento sobre los miembros del Legislativo. Vi esa influencia producirse en la realidad, y que sus primeros frutos fueron el establecimiento de las líneas generales de su proyecto gracias a los votos de las mismas personas que, tras tragar su anzuelo, se disponían a beneficiarse de sus planes; y que de haberse retirado esas personas, como deben hacer siempre los interesados en una cuestión,  el voto de la mayoría no interesada habría sido claramente el opuesto al que se produjo.

Ya no era, por consiguiente, el voto de los representantes del pueblo, sino el de los desertores de los derechos y los intereses del pueblo; y era imposible considerar sus decisiones, que no tenían otro objetivo que el propio enriquecimiento, como medida de una mayoría imparcial, siempre merecedoras de respeto. Si lo que de hecho estaba ocurriendo inquietaba a quienes deseaban un gobierno virtuoso, lo que se preparaba no era menos amenazador para los amigos de la Constitución.

En efecto, en un informe sobre la cuestión de las manufacturas (que aún no ha sido objeto de decisión) se daba expresamente por sentado que el gobierno general tiene el derecho de ejercer todos los poderes que puedan encaminarse al bienestar general, es decir, todos los poderes legítimos de gobierno, pues ningún gobierno tiene derecho a hacer algo no encaminado al bienestar de los gobernados.  Había, desde luego, una supuesta limitación de la universalidad de ese poder a casos donde haya de emplearse dinero. Pero ¿en qué asunto no puede emplearse dinero?

De esta forma, el objetivo de dichos planes, en su conjunto, es poner todos los poderes de gobierno en manos del Legislativo general, establecer medios para corromper en ese Legislativo a un grupo suficiente para dividir los votos honestos e inclinar por sí solo la balanza como convenga, y poner a dicho grupo a las órdenes del secretario del Tesoro, con el fin de subvertir, paso a paso, los principios de la Constitución que tan a menudo ha declarado inútil y necesitada de modificación. Estas opiniones habrían justificado algo más que meras expresiones de disentimiento, más allá de las cuales, sin embargo, nunca me aventuré. ¿Ha observado él también una abstinencia análoga del departamento a mí encomendado?

SI FUERE PRECISO, APELARÉ AL PUEBLO CONTRA LAS CALUMNIAS DE UN HOMBRE QUE SE HA DEDICADO A TRAMAR MAQUINACIONES CONTRA LA LIBERTAD DEL PAÍS

Por no mencionar otras intrusiones, igualmente conocidas; en el caso de las dos naciones con las que tenemos conexión más íntima, Francia e Inglaterra, mi sistema era otorgar algunas distinciones satisfactorias a la primera, con poco costo para nosotros, a cambio de las sólidas ventajas que de ella obtenemos; y oponer a los ingleses algunas restricciones que pudieran inducirles a dulcificar su severidad con nuestro comercio. Siempre he supuesto que ello coincidía con vuestra opinión.

Sin embargo, el secretario del Tesoro, mediante maquinaciones con miembros del Legislativo, y en otras ocasiones con ampulosas manifestaciones, ha impuesto su propio sistema, que era exactamente el contrario. Conferenció, por su propia iniciativa, con los ministros de aquellas dos naciones, y en todas las consultas dispuso de un informe de una conversación con el uno o el otro, adaptada a sus puntos de vista. Habiendo prevalecido dichos puntos de vista, su ejecución recayó, por supuesto, sobre mí; y puedo preguntaros sin temor, a vos que habéis visto todas mis cartas y actuaciones, si no los he ejecutado tan sinceramente como si fueran míos, pese a que siempre los consideré incompatibles con el honor y el interés de nuestro país.

En los asuntos del Legislativo nunca me he entrometido, y no voy a empezar a hacerlo ahora. Prefiero predisponerlo todo para el reposo al que he de retirarme que exponerme a la perturbación de las contiendas periodísticas. Si éstas no pudieran, pese a todo, evitarse, el respeto por vuestra tranquilidad será motivo suficiente para que las aplace hasta haberme convertido en simple ciudadano particular, cuando la propiedad e impropiedad de mis palabras o actos recaerá exclusivamente sobre mí.

Entonces podré evitar también que se me acuse de utilizar indebidamente el tiempo que ahora, por pertenecer a quienes me emplean, debe dedicarse íntegramente a su servicio. Si mi propia justificación o los intereses de la república lo requieren, me reservo el derecho de apelar a mi país, firmando con mi nombre cuanto escriba, y utilizando libre y sinceramente los hechos y nombres necesarios para presentar la causa en forma justa ante ese tribunal.

Si insignificantes son para mí los honores y emolumentos de mi cargo, grande es el valor que atribuyo a la estima de mis conciudadanos, y, consciente de haberla merecido por una integridad sin reproche y una devoción entusiasta por sus derechos y libertades, no he de tolerar que mi retiro se vea ensombrecido por las calumnias de un hombre cuya historia es, desde el momento en que la historia puede condescender a considerarle, una trama de maquinaciones contra la libertad del país que no sólo le ha recibido y le ha dado el pan, sino que le ha colmado de honores. Reitero, no obstante, mi esperanza de que tal apelación no sea necesaria.

Aunque soy poco conocido por el pueblo americano, creo que en la medida en que se me conoce no es como enemigo de la República, ni como intrigante contra ella, ni como dilapidador de sus ingresos, ni como indigno mercader de estos últimos con fines de corrupción, como me pinta el “Americano”; y confío en que estaréis seguro de ni una sílaba de las disensiones publicadas en los periódicos ha tenido su origen en mí, y de que ninguna conspiración o intriga mía las ha provocado en el Legislativo, y espero poder prometeros, y prometerme a mí mismo, que no alimentaré ninguna en el corto período de tiempo que he de permanecer en mi cargo [secretario de Estado], durante el cual estaré sobradamente atareado concluyendo los asuntos pendientes del departamento.

[Carta al presidente de los Estados Unidos, George Washington. Monticello, 9 de septiembre de 1782]

* * *

THOMAS JEFFERSON, Autobiografía y otros escritos. Editorial Tecnos, 1987. Traducción de A. Escohotado y M. Sáenz de Heredia. [FD, 27/09/2008]

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    [...] THOMAS JEFFERSON, Autobiografía y otros escritos. Editorial Tecnos, 1987. Traducción de A. Escohotado y M. Sáenz de Heredia. Publicado en Mundo Libre Digital. [...]

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