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"Para que una nación ame la libertad basta con que la conozca, y para que sea libre basta con que lo desee." Lafayette

¿LIBERTAD DEMOCRÁTICA O DICTADURA DEL PROLETARIADO?, por Jesús Nava

Filed under: SANTO Y SEÑA — 24 July, 2010 @ 15:49

“Una revolución democrática genuina persigue un cambio radical del sistema, no la destrucción violenta del orden. Y tiene entre otros cometidos primordiales, como dijo Jefferson, “inculcar a las minorías el deber de aquiescencia a la voluntad de la mayoría; y a las mayorías el respeto a los derechos de la minoría”. Que los reaccionarios y los revolucionarios españoles hicieran caso omiso de esta regla esencial del republicanismo, le costó al pueblo español una sangrienta y absurda guerra civil, así como la extinción hasta hoy de todo vestigio de democracia constitucional y representativa. No es el odio de clases, sino el amor a la libertad, la igualdad y la concordia lo que otorga grandeza a un pueblo y legitimidad moral a su lucha por la independencia de cualquier tipo de opresión. Toda revolución inspirada por el odio y el resentimiento podrá cambiar de tirano, pero jamás conseguirá erradicar la tiranía.”

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Ya he advertido, más de una vez, de que el hecho de publicar un artículo en Filosofía Digital, o aquí, no implica que esté de acuerdo con todo lo que dicen sus autores. En ocasiones, es sólo una idea o una frase lo que me interesa, pero, por supuesto, respeto el pensamiento íntegro del escritor, aunque discrepe. Mi verdadero pensamiento lo expreso a través de mis propios artículos, no de los ajenos.

Representación de la Segunda República Española (1931-1939).

No puedo compartir, por ejemplo, como dicen De Francisco y Raventós en éste, que si los pobres fueran minoría, aún así, democracia sería el gobierno de esa minoría. Democracia es, al menos así lo entiendo yo, el autogobierno del pueblo, que es la mayoría natural en cualquier lugar del mundo, y que, generalmente, no es rica, sino pobre; pero allí donde todos los ciudadanos gozaren de prosperidad real e igualdad efectiva de derechos, incluyendo el derecho social de propiedad y a trabajar honradamente para ganarse la vida, democracia seguiría siendo el gobierno de la mayoría, aunque fuera próspera, y no de una minoría por paupérrima que sea.

Una revolución democrática genuina persigue el cambio del sistema, no la destrucción violenta del orden. Y tiene entre otros cometidos primordiales, como dijo Jefferson, “inculcar a las minorías el deber de aquiescencia a la voluntad de la mayoría; y a las mayorías el respeto a los derechos de la minoría”. Que los reaccionarios y los revolucionarios españoles hicieran caso omiso de esta regla esencial del republicanismo, le costó al pueblo español una sangrienta y absurda guerra civil, así como la extinción hasta hoy de todo vestigio de democracia real.

No es el odio de clases, sino el amor a la libertad, la igualdad y la concordia lo que otorga grandeza a un pueblo y legitimidad moral a su lucha por la independencia de cualquier tipo de opresión. Toda revolución inspirada por el odio y el resentimiento podrá cambiar de tirano, pero jamás conseguirá erradicar la tiranía. 

¡Cuán vivo es el contraste entre la soflama del Manifiesto Comunista exhortando a la unión de los proletarios de todos los países, tras proclamar “abiertamente que sus objetivos sólo podrán conseguirse con el derrocamiento violento de todo el orden social pasado”, y el llamamiento de Jefferson a la concordia ciudadana, una vez que “el bando sagrado” de los demócratas americanos le aupó a la presidencia de los Estados Unidos! Oigámoslo:

“Unámonos, pues, conciudadanos, en un sólo corazón y una sola mente. Devolvamos a la relación social esa armonía y afecto sin los cuales la libertad y hasta la propia vida son cosas tristes. Y no olvidemos que, tras abolir de nuestra tierra aquella intolerancia religiosa bajo la cual ha sangrado y padecido la humanidad tanto tiempo, poco habremos ganado si se sostiene una intolerancia política tan despótica, tan perversa y tan capaz de persecuciones amargas y sangrientas.” 

Por eso, para construir una sociedad armónica donde no tenga cabida la intolerancia o la violencia, una Constitución democrática tiene que establecer mucho más que la separación de poderes y el sufragio universal, ya que tan importante como prevenir el despotismo legislativo, ejecutivo, judicial o de partido, lo es, en un republicanismo justo y bien entendido, el evitar la explotación u opresión del hombre por el hombre, ya sea ésta política, religiosa, económica, social o moral. Comparto, pues, totalmente el pensamiento de Robespierre cuando afirmó que “la primera ley social es la que garantiza a todos los miembros de la sociedad los medios de existir”.

Pero sigue siendo ley sagrada del republicanismo democrático que una mayoría de un solo voto es tan válida como la de una mayoría aplastante. Y también, por supuesto, que esa mayoría tiene que ser justa y razonable para ser legítima, debiendo respetar escrupulosamente los derechos individuales del hombre y los colectivos del ciudadano. Así que, dictaduras ni mentarlas; porque, aunque fuere la de los trabajadores asalariados, ninguna tiranía de una parte de la sociedad sobre el resto es democrática.

En palabras, otra vez,  de Robespierre, “ninguna porción del pueblo puede ejercer el poder del pueblo entero”, aunque la opinión que expresa debe ser respetada como proviniente de una parte del pueblo y por concurrir a la la formación de la voluntad general. ¿O acaso el demos/pueblo lo constituyen únicamente los obreros, una sección de los trabajadores o una facción ocasional de votantes?

De cualquier modo, una dictadura, incluso del proletariado, además de un intento baldío de resolver la lucha de clases, o el conflicto de intereses, mediante el dominio de una de ellas y la aniquilación del resto, es incompatible con la verdadera libertad. Un individuo o un pueblo libre sólo obedece al derecho natural y a las leyes racionales de las que él mismo es legislador. Y será esclavo tanto si somete violentamente a otros individuos o pueblos como si él mismo es sometido por la fuerza al gobierno de uno, de varios o de muchos.

No creo, por otra parte, que la tiranía comunista en la URSS fuera resultado de la “traición” a la idea de Marx, sino de su “desarrollo” consecuente. De ahí mi sospecha de que el cinismo de Lenin, al replicar con su “libertad, ¿para qué?” a las objeciones de ciertos socialistas españoles al régimen soviético, fuera plenamente coherente con el marxismo y su “dictadura del proletariado”.

Como diría Montesquieu, únicamente hay democracia allí “donde el pueblo entero es dueño del poder soberano”. El resultado de una dictadura jamás será la libertad democrática; pues cuando el pueblo está sometido al poder tiránico de una clase o al de una mayoría, ni es libre ni soberano; ya que una cosa es que el pueblo, como un todo, tenga el poder de autogobernarse, y otra, muy distinta, que lo tenga una facción. La libertad, tanto individual como colectiva, no consiste en seguir el dictado de las propias pasiones, ni en la capacidad de mandar sobre otros, sino en la sumisión voluntaria a la guía de la razón natural, supremo Legislador que no aconseja otra cosa que el bien común de la Humanidad.

Y, como es ridículo soñar con la racionalidad de las masas o la incorruptibilidad de sus representantes en el gobierno, es necesario conjugar sabiamente la voluntad legítima de la mayoría con el respeto escrupuloso a los derechos de la minoría. Para conseguirlo es indispensable que todos los ciudadanos, en el ejercicio de su soberanía, acuerden dotarse, como mínimo, de una Constitución libre, basada en una democracia municipal, regional y nacional lo más amplia y participativa posible, con separación de poderes y gobierno representativo en el Estado, así como de una Declaración de principios universales e iguales para todos, incluyendo el derecho de propiedad o al trabajo. Sólo mediante un acuerdo social de este tipo, pactado entre los ciudadanos de todas las clases, otorgaremos al Estado su virtud fundamental: la seguridad, y podremos alcanzar su codiciado fin último: la libertad.

En esa sabia combinación de leyes, que constituyen el alma de una nación, se basa el arte de ser libres, la salud del cuerpo social y, por supuesto, la felicidad general.

MLD, 01/07/2008.

“Digo el primordial santo y seña, hago el signo de la democracia. No aceptaré nada que no sea ofrecido a los demás en iguales condiciones.” WALT WHITMAN

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