LA DEMOCRACIA, SOBERANÃA DEL PUEBLO, NO ES UNA UTOPÃA, por Jesús Nava
“No hay nada que la voluntad humana desespere de lograr por medio de la libre acción del poder colectivo de los individuos†(Tocqueville).Â
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Animamos a todos los demócratas, es decir, a cuantos anhelan un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, a que aparquen temporalmente sus preferencias polÃticas o simpatÃas partidarias, y se unan a nosotros -o nos permitan unirnos a ellos, pues tanto monta, monta tanto- para trabajar por la democracia que España nunca ha tenido y que, hoy, podrÃa conseguirse, pacÃfica y civilizadamente, sin convulsiones de ningún tipo y en medio del alborozo general con que serÃa recibida la libertad.
Si una asociación polÃtica de ciudadanos -que no se preste a ser otro apéndice del Estado oligárquico, a servir de plataforma para ninguna personalidad o a convertirse en correa de transmisión de ninguna ideologÃa obsoleta- logra comprender con claridad, y extender suficientemente en la sociedad civil, la idea de que no tenemos democracia, sino partitocracia; de que no elegimos a nuestros representantes, sino que los eligen los aparatos de los partidos para que nosotros nos limitemos a votarlos; de que el parlamento no legisla en beneficio de los ciudadanos, sino contra ellos, puesto que no los representan realmente; de que no hay separación de poderes, como aconsejaba Montesquieu, para que se vigilen mutuamente y se prevenga o corrija la corrupción en el Estado, sino que actúan por consenso o cambalache repartiéndose el botÃn en proporción a los votos obtenidos en elecciones fraudulentas; de que nunca -gobierne la izquierda o gobierne la derecha- tendremos, con la actual Constitución partitocrática, un gobierno democrático, sino siempre un gobierno de partido instalado en la demagogia y la retórica de izquierdas o de derechas; etcétera…
Si logramos, digo, que esta idea penetre en la mente de suficientes españoles como para convertirla en opinión hegemónica en la sociedad civil -digan lo que digan los medios de comunicación y los partidos-, la exigencia ciudadana de un perÃodo constituyente de la democracia, para discutir y elaborar en unas Cortes constituyentes (integradas por diputados elegidos democráticamente para ese exclusivo cometido) una Constitución democrática, que serÃa sometida a referéndum, serÃa relativamente fácil de conseguir.
Lo difÃcil es convencer a los españoles de que el poder polÃtico y la soberanÃa -a pesar de lo que digan ciertos teóricos, que se dedican a jugar con palabras y a esconderse tras ellas-, en una democracia, reside en el pueblo o, por lo menos, puede y debe residir en él. Tocqueville demostró que eso ocurrÃa con toda naturalidad en los Estados Unidos de América que él conoció. Observó y levantó acta del glorioso hecho con estas palabras precisas: “El pueblo participa en la elaboración de las leyes designando a los legisladores, y en su aplicación, eligiendo a los agentes del poder ejecutivo. Puede decirse que es él mismo quien gobierna, tan débil y restringida es la parte dejada a la administración. El pueblo reina sobre el mundo polÃtico americano como Dios sobre el Universo. El es la causa y el fin de todas las cosas; todo sale de él y todo se incorpora de nuevo a élâ€.
Ésta es la prueba de que en España, y en cualquier lugar del mundo donde los ciudadanos se organicen colectivamente para lograrlo, es posible también. La democracia no es una utopÃa. Otros pueblos la tienen o la han tenido. Que no la hayamos disfrutado jamás en España, no es por culpa de un azar aciago o una cruel fatalidad; es debido únicamente a que el pueblo español nunca ha sido persuadido para ser soberano, sino incitado a participar fanáticamente en revoluciones fratricidas del odio a “los otros†(el Hacha afilada por el rencor, que denunciaba León Felipe, siempre en alto, dispuesta a cortar cualquier germen de unión o atisbo de pequeña ligazón), o inducido a inclinarse servilmente ante dictaduras personalistas y de partidos de todos los colores.
Si nos lo proponemos, y no miramos demasiado los riesgos, un puñado de demócratas podrÃamos despertar el patriotismo de todos y empezar a constituir un rÃo de libertad. La fuerza tranquila y serena de los ciudadanos, unidos por el espÃritu de concordia y movidos por un mismo propósito, como si fueran un “cuerpo†con una sola “menteâ€, es inmensa. Lamentablemente, una mayorÃa de españoles, incluyendo a casi todos los intectuales y a la totalidad de los polÃticos profesionales, no creen en el poder de un pueblo para ser libre.Â
Y tú ¿también crees lo mismo? ¿Tampoco piensas hacer nada? ¿Vas a limitarte a recoger, del árbol de la libertad, la fruta madura de la democracia que otros habrán cultivado con su esfuerzo ciudadano? ¿No prefieres poder decir algún dÃa a tus hijos, nietos o amigos, con un sentimiento de satisfacción: “Yo también trabajé duro por esta cosecha de libertad que a todos nos hizo dignos y nos llena de legÃtimo orgulloâ€?
Contamos contigo para conseguir la democracia. Te necesitamos. Te esperamos.Â
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“Digo el primordial santo y seña, hago el signo de la democracia. No aceptaré nada que no sea ofrecido a los demás en iguales condiciones.” WALT WHITMAN
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September 25th, 2007 @ 00:45
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