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"Para que una nación ame la libertad basta con que la conozca, y para que sea libre basta con que lo desee." Lafayette

EL DERECHO A LA RESISTENCIA Y A LA REVOLUCIÓN, por H. D. Thoreau

Filed under: LA DESOBEDIENCIA CIVIL — 5 March, 2008 @ 17:05

“La gran masa de los hombres sirve al Estado, pues, así; no sólo como hombres principalmente, sino como máquinas. En la mayoría de los casos no existe ejercicio alguno libre, sea del propio juicio o del sentido moral, sino relegamiento al nivel del leño, de la tierra o de las piedras; y quizás puedan construirse algún día hombres que cumplan con igual perfección este cometido. Tales no merecen más respeto que un fantoche o que basura. Su valor raya con el de los caballos y los perros. Sin embargo, incluso se les reputa buenos ciudadanos. Todos los hombres reconocen el derecho a la revolución, es decir, el privilegio de rehusar adhesión al gobierno y de resistírsele cuando su tiranía o su incapacidad son visibles e intolerables. Pero casi todo el mundo dice que no éste el caso actual, aunque opinan que sí lo fue cuando la Revolución Americana. Pero cuando la opresión y el robo se organizan, yo digo: desprendámonos de esta máquina inmediatamente.”

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De todo corazón acepto el lema de que “el mejor gobierno es el que gobierna menos”, y me gustaría que fuera honrado con más diligencia y sistema. En la práctica significa asimismo, lo cual también creo: “que el mejor gobierno es el que no gobierna en absoluto”; y cuando los hombres estén preparados para él, ese y no otro será el que tendrán.

EL GOBIERNO ES A LO SUMO UNA CONVENIENCIA

El Gobierno es, a lo más, una conveniencia; aunque la mayoría de ellos suelen ser inútiles, y alguna vez, todos sin excepción, inconvenientes. Las objeciones puestas al hecho de contar con un ejército regular, que son muchas y de peso, y merecen prevalecer, pueden ser referidas en última instancia a la presencia de un Gobierno igual de establecido.

Ghandi no fue un sabio, pero supo encontrar inspiración en Thoreau y Tolstoi para lograr la independencia de la India. La lucha le costó la vida, pero luchó.

El ejército regular no es sino el brazo armado del Gobierno permanente. Este, a su vez, aunque no representa sino el modo elegido por el pueblo de ejecutar su voluntad, es igualmente susceptible de abuso y perversión antes de que aquél pueda siquiera actuar por su mediación.

NO RECLAMO LA AUSENCIA DE GOBIERNO, SINO EN SEGUIDA UNO MEJOR

Pero, para hablar prácticamente, como simple ciudadano, y a diferencia de quienes se autotitulan “hombres de ningún gobierno”, yo reclamo, no la ausencia de todo gobierno, sino, en seguida, uno mejor. Que cada hombre haga saber qué clase de Gobierno gozaría de su respeto, y ése será el primer paso para conseguirlo.

Después de todo, la razón práctica de por qué, cuando el poder se encuentra en manos del pueblo, se permite que gobierne una mayoría y que continúe haciéndolo así durante un largo período de tiempo, no responde al hecho de que sean más susceptibles de verse en posesión de la verdad ni al de que tal se antoje como más propio a la minoría, sino a que son físicamente los más fuertes. Pero un Gobierno tal, que la mayoría juzgue en todos los casos, no puede basarse en la justicia, incluso tal como la entienden los hombres.

¿No puede haber un Gobierno donde la mayoría no decida virtualmente mal o bien, sino en conciencia? ¿Donde la mayoría falle sólo aquellas cuestiones a las que es aplicable un criterio utilitario? ¿Debe rendir el ciudadano su conciencia, siquiera por un momento, o en el grado más mínimo, al legislador? ¿Por qué posee, pues, cada hombre una conciencia? Estimo que debiéramos ser hombres primero y súbditos luego. No es deseable cultivar por la ley un respeto igual al que se acuerda a lo justo. La única obligación que tengo derecho a asumir es la de hacer en todo momento lo que considero propio.

UNOS POCOS, MUY POCOS, SIRVEN AL ESTADO EN CONCIENCIA

La gran masa de los hombres sirve al Estado, pues, así; no sólo como hombres principalmente, sino como máquinas. Son ejército permanente y milicia establecida, carceleros, guardias, fuerza del condado, etc. En la mayoría de los casos no existe ejercicio alguno libre, sea del propio juicio o del sentido moral, sino relegamiento al nivel del leño, de la tierra o de las piedras; y quizás puedan construirse algún día hombres que cumplan con igual perfección este cometido. Tales no merecen más respeto que un fantoche o que basura. Su valor raya con el de los caballos y los perros. Sin embargo, incluso se les reputa buenos ciudadanos.

Otros, como es el caso de la mayoría de legisladores, políticos, juristas, clérigos y funcionarios, ven al Estado principalmente con la cabeza; y como quiera que raramente establecen distinciones morales, son tan susceptibles de servir al mal, sin intención, como a Dios.

Unos pocos, muy pocos, héroes, mártires, reformadores -que no reformistas-, y hombres sirven al Estado también con su conciencia, y así, se le resisten las más de las veces; y éste les trata como enemigos. El hombre prudente sólo se revelará útil y no se avendrá a ser “barro” ni a “obturar un agujero para detener al viento”, sino que, por lo menos dejará esa tarea a su polvo:

“Nací demasiado alto para ser poseído
o segundo al mando,
o útil hombre-capaz e instrumento
de ningún estado soberano.”

Todos los hombres reconocen el derecho a la revolución, es decir, el privilegio de rehusar adhesión al gobierno y de resistírsele cuando su tiranía o su incapacidad son visibles e intolerables. Pero casi todo el mundo dice que no éste el caso actual, aunque opinan que sí lo fue cuando la Revolución Americana.

Si alguien fuere a decirme que el presente es un mal gobierno porque gravó ciertos artículos extranjeros arribados a sus puertos, lo más probable es que me quedara impertérrito puesto que puedo pasarme perfectamente sin ellos: todas las máquinas poseen roces. Y posiblemente ello resulte en bien suficiente para contrarrestar el mal. En cualquier caso, es mal mayor el soliviantarse por ello.

Pero cuando los roces buscan máquina en que alojarse, y la opresión y el robo se organizan, yo digo: desprendámonos de esta máquina inmediatamente.

TEXTO COMPLETO EN PRIMERO HOMBRES, DESPUÉS CIUDADANOS

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