EL GENIO RELIGIOSO Y EL GENIO DE LA LIBERTAD, por Alexis de Tocqueville
“El carácter de la civilización angloamericana es producto de dos elementos enteramente distintos, que aunque en otros lugares se hicieron a menudo la guerra, vinieron, en América, a incorporarse en cierto modo el uno al otro y a combinarse maravillosamente. Me refiero al genio religioso y al genio de la libertad. La religión ve en la libertad civil un noble ejercicio de las facultades del hombre; en el mundo polÃtico, un campo cedido por el Creador a los esfuerzos de la inteligencia. Libre y poderosa en su esfera, satisfecha del lugar a ella reservado, sabe que su imperio es tanto más sólido cuanto que sólo por sus propias fuerzas reina, y sin apoyo alguno domina sobre los corazones. La libertad ve en la religión la compañera de luchas y triunfos, la cuna de su infancia, la fuente divina de sus derechos. La considera como la salvaguardia de las costumbres, y a las costumbres como garantÃa de las leyes y prenda de su propia supervivencia.”
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Los principios generales sobre los que se basan las modernas Constituciones, esos principios que la mayorÃa de los europeos del siglo XVII apenas comprendÃan y que triunfaban entonces de modo incompleto en la Gran Bretaña, se hallan reconocidos y fijados en las leyes de Nueva Inglaterra: la intervención del pueblo en los asuntos públicos, el voto libre de impuestos, la responsabilidad de los agentes del poder, la libertad individual y el juicio por jurado allà han sido establecidos sin discusión y de hecho.
EN EL SENO DEL MUNICIPIO IMPERA UNA VIDA POLÃTICA REAL, ACTIVA, ÃNTEGRAMENTE DEMOCRÃTICA Y REPUBLICANA
Esos principios generadores alcanzan en dichas leyes una aplicación y un desarrollo que ninguna nación de Europa ha osado todavÃa darles.
En Connecticut, el cuerpo electoral se componÃa, desde su origen, de todos los ciudadanos, cosa que se concibe fácilmente. En este pueblo naciente reinaba entonces una igualdad casi perfecta de riquezas y más todavÃa de inteligencias.
En dicha época, en el Estado de Connecticut todos los agentes del poder ejecutivo eran designados por elección, incluso el gobernador del Estado.
Los ciudadanos mayores de dieciséis años estaban obligados a prestar servicio de armas; formaban una milicia nacional que nombraba a sus oficiales, y debÃa hallarse presta en todo momento a la defensa del paÃs.
En las leyes de Connecticut, asà como en todas las de Nueva Inglaterra, es donde se ve nacer y desarrollarse esa independencia municipal que sigue siendo hoy principio y vida de la libertad americana.
En la mayor parte de las naciones europeas, la existencia polÃtica se inició en las capas altas de la sociedad, comunicándose poco a poco, y siempre de manera incompleta, a las diversas partes del cuerpo social.
En América, por el contrario, puede decirse que el municipio fue organizado antes que el condado, el condado antes que el Estado y el Estado antes que la Unión.
En Nueva Inglaterra, desde 1650 el municipio está completa y definitivamente constituido. En torno a la individualidad municipal vienen a agruparse y a adherirse fuertemente los intereses, las pasiones, los deberes y los derechos. En el seno del municipio impera una vida polÃtica real, activa, Ãntegramente democrática y republicana. Las colonias siguen reconociendo aún la supremacÃa de la metrópoli; la monarquÃa es ley del Estado, pero ya la república alienta en el municipio.
El municipio nombra a sus magistrados, establece su presupuesto y reparte y percibe los impuestos por sà mismo. En el municipio de Nueva Inglaterra no es admitida la ley de representación. En la plaza pública y en el seno de la asamblea general de ciudadanos es donde se tratan, como en Atenas, los asuntos de interés general.
Cuando se estudian con atención las leyes promulgadas durante esta primera época de las repúblicas americanas, se siente asombro ante la inteligencia gubernamental y las avanzadas teorÃas del legislador.
Es evidente que éste tiene una idea más elevada y completa que los legisladores europeos de entonces de los deberes de la sociedad hacia sus miembros, por lo que impone a dicha sociedad ciertas obligaciones de las que aún estaba exenta en otros lugares.
EXISTE UNA LIBERTAD CIVIL Y MORAL QUE ENCUENTRA SU FUERZA EN LA UNIÓN, Y QUE EL MISMO PODER TIENE POR MISIÓN PROTEGER
En los Estados de Nueva Inglaterra, desde su origen, la suerte de los pobres está asegurada; se toman severas medidas para la conservación de los caminos y se nombran funcionarios para su vigilancia; los municipios llevan registros públicos donde se inscriben los resultados de las deliberaciones generales, las defunciones, los matrimonios y los nacimientos; se nombran escribanos encargados de dichos registros; se designan oficiales que tienen por misión administrar las sucesiones vacantes, otros para vigilar los lÃmites de las heredades y otros muchos que tienen por principal cometido el mantenimiento de la tranquilidad pública en el municipio.
La ley entra en mil detalles diversos para prevenir y satisfacer una multitud de necesidades sociales de las que aún ahora sólo se tienen una idea confusa en Francia.
Pero es en las prescripciones relativas a la instrucción pública donde desde el primer momento se revela a plena luz el carácter original de la civilización americana.
“Considerando -dice la ley- que Satanás, enemigo del género humano, halla en la ignorancia de los hombres sus más poderosas armas, y que es de general interés que las luces que trajeron nuestros padres no permanezcan sepultadas en su tumba; considerando que la educación de los niños es uno de los primeros intereses del Estado, con la ayuda del Señor…”. Siguen unas disposiciones que crean escuelas en todos los municipios y que obligan a todos sus habitantes, bajo pena de fuertes multas, al sostenimiento de las mismas. Igualmente se fundan escuelas superiores en los distritos más populosos. Los magistrados municipales deben velar por que los padres envÃen a sus hijos a la escuela, estando autorizados a multar a los que se resistan, y, si la resistencia persiste, la sociedad, sustituyendo a la familia, se hace cargo del niño y despoja a los padres de los derechos que la naturaleza les dio y de los que tan mal uso hicieran.
El lector no habrá dejado de observar que en el preámbulo de estas ordenanzas en América es la religión la que conduce a la ilustración; es la observancia de las leyes divinas la que guÃa al hombre hacia la libertad.
AsÃ, cuando después de lanzar una rápida ojeada sobre la sociedad americana de 1650, se examina el estado de Europa y en especial el del continente en la misma época, se siente un profundo asombro: al comenzar el siglo XVII, en todo el continente europeo triunfaba la monarquÃa absoluta sobre los restos de la libertad oligárquica y feudal de la Edad Media. En el seno de esta Europa brillante y literaria, jamás, quizá, fue tan desconocida la idea de los derechos como entonces; nunca los pueblos intervinieron menos en la vida polÃtica; jamás las nociones de la verdadera libertad preocuparon tan poco a los espÃritus; y es entonces cuando estos mismos principios, desconocidos o desdeñados por las naciones europeas, son proclamados en los desiertos del Nuevo Mundo y se convierten en el sÃmbolo futuro de un gran pueblo.
Las teorÃas más atrevidas del espÃritu humano eran solamente practicadas en aquella sociedad, tan humilde en apariencia que ningún hombre de Estado se habrÃa dignado ocuparse de ella; entregada a la originalidad de su naturaleza, la imaginación del hombre improvisaba allá una legislación sin precedentes. En el seno de esta oscura democracia que no habÃa engendrado aún ni generales, ni filósofos, ni grandes escritores, un hombre pudo alzarse ante un pueblo libre y, entre las aclamaciones de todos, dar esta bella definición de la libertad:
“No nos engañemos sobre los que debemos entender por nuestra independencia. Hay, en efecto, una especie de libertad corrompida, cuyo uso es común a los animales y al hombre y que consiste en hacer cuanto le apetece. ¡Esta libertad es enemiga de toda autoridad; soporta con impaciencia todas las reglas; con ella, nos volvemos inferiores a nosotros mismos; es enemiga de la verdad y de la paz; y Dios ha creÃdo un deber alzarse contra ella. Pero existe una libertad civil y moral que encuentra su fuerza en la unión y que el mismo poder tiene por misión proteger: la libertad de hacer sin temor cuanto es justo y bueno. Esta santa libertad debemos defenderla en todas las ocasiones y, si es preciso, exponer por ella la vida”.
LA LIBERTAD VE EN LA RELIGIÓN LA COMPAÑERA DE LUCHAS Y TRIUNFOS, LA CUNA DE SU INFANCIA, LA FUENTE DIVINA DE SUS DERECHOS
Ya he dicho sobre esto lo suficiente para esclarecer el carácter de la civilización angloamericana, producto -punto de partida que hemos de tener siempre presente- de dos elementos enteramente distintos, que aunque en otros lugares se hicieron a menudo la guerra, vinieron, en América, a incorporarse en cierto modo el uno al otro y a combinarse maravillosamente. Me refiero al genio religioso y al genio de la libertad.
Los fundadores de Nueva Inglaterra eran a la par ardientes sectarios y exaltados innovadores. Sujetos por los más estrechos lazos a ciertas creencias religiosas, estaban libres de prejuicios polÃticos.
De ahà dos tendencias diferentes, mas no contrarias, cuya huella resulta fácil encontrar por todas partes, asà en las costumbres como en las leyes.
Unos hombre sacrifican una idea religiosa a sus amigos, a su familia y a su patria; se les puede considerar consagrados por entero a la persecución de ese bien intelectual por el que tan alto precio pagan. Se les ve, sin embargo, buscar casi con igual ardor las riquezas materiales y los goces morales, el cielo en el otro mundo y el bienestar y la libertad en éste. Bajo su mano, los principios polÃticos, las leyes y las instituciones humanas parecen cosas moldeables que pueden manejarse y combinarse a voluntad.
Ante ellos se derrumban las barreras que aprisionaban a la sociedad en cuyo seno nacieron; se desvanecen las viejas opiniones que desde hacÃa siglos regÃan el mundo; se descubren una cantera casi sin lÃmites, un campo sin horizonte; el espÃritu humano se precipita allà y los recorre en todos los sentidos; mas llegando a los lÃmites del mundo polÃtico, se detiene; abandona, temblando, el uso de sus más temibles facultades; abjura de la duda; renuncia a la necesidad de innovar; se abstiene, incluso, de alzar el velo del santuario y se inclina con respeto ante unas verdades que admite sin discusión.
AsÃ, en el mundo moral todo se encuentra clasificado, coordinado, previsto, decidido de antemano. En el mundo polÃtico todo es agitación, duda e incertidumbre. En uno, obediencia pasiva, aunque voluntaria; en otro, independencia, menosprecio por la experiencia y recelo de toda autoridad.
Lejos de perjudicarse, estas dos tendencias, tan opuestas en apariencia, marchan de acuerdo y parecen prestarse mutuo apoyo.
La religión ve en la libertad civil un noble ejercicio de las facultades del hombre; en el mundo polÃtico, un campo cedido por el Creador a los esfuerzos de la inteligencia. Libre y poderosa en su esfera, satisfecha del lugar a ella reservado, sabe que su imperio es tanto más sólido cuanto que sólo por sus propias fuerzas reina, y sin apoyo alguno domina sobre los corazones.
La libertad ve en la religión la compañera de luchas y triunfos, la cuna de su infancia, la fuente divina de sus derechos. La considera como la salvaguardia de las costumbres, y a las costumbres como garantÃa de las leyes y prenda de su propia supervivencia.
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ALEXIS DE TOCQUEVILLE, La democracia en América I. Alianza Editorial, 2006. Traductora: Dolores Sánchez de Aleu. [FD, 18/01/2008]
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August 3rd, 2008 @ 17:25
[...] Tocqueville, en el corazón de los primeros puritanos que llegaron a Nueva Inglaterra se unieron el genio religioso y el genio de la libertad para asentar la única democracia social y polÃtica que se ha dado hasta hoy en el mundo. La [...]
August 3rd, 2008 @ 23:09
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November 28th, 2008 @ 19:17
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February 5th, 2010 @ 11:24
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