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HONESTIDAD PERSONAL Y PRINCIPIOS POLÍTICOS, por Thomas Jefferson

Filed under: ABECÉ DE LA DEMOCRACIA — 16 January, 2008 @ 19:20

“Conocéis la perfecta coincidencia de principios y de acción que en los inicios de la Revolución produjo un alto grado de respeto y estima mutua entre Mr. Adams y yo. Ciertamente, en aquellos días nadie era más fiel que él a los principios del republicanismo racional que, cuando se hizo necesario derribar la monarquía, dictaron todos nuestros esfuerzos para establecer un nuevo gobierno. Y aunque después se inclinó hacia los principios de la constitución inglesa, nuestra amistad no disminuyó por ello. La opinión de Mr. Adams era que, si se corrigieran algunos de sus defectos y abusos, sería la más perfecta constitución de gobierno jamás elaborada por el hombre. Hamilton, por el contrario, afirmaba que aun con sus vicios era el modelo más perfecto de gobierno que podía formarse; y que la corrección de sus vicios haría impracticable el gobierno. Mr. Adams era un político honesto, además de ser un hombre honesto. Hamilton era un hombre honesto, pero, como político, creía necesario gobernar a los hombres mediante la fuerza o la corrupción.”

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La vida que ahora llevo me deja menos tiempo para leer del que desearía. Desde el desayuno, o al menos desde mediodía, suelo montar a caballo, atendiendo a mis tierras y otros asuntos, lo que me parece sano para el cuerpo, la mente y los negocios; y las pocas horas que paso en mi gabinete las devora la correspondencia; no la que mantengo con los amigos íntimos, con los que disfruto intercambiando ideas, sino con otros, que, por el hecho de escribirme sobre problemas suyos en los que yo he intervenido, o por meros motivos de respeto y aprobación, merecen una respuesta y una expresión recíproca de buena voluntad.

LOS DEBERES REVOLUCIONARIOS Y LA FIDELIDAD A LOS PRINCIPIOS DEL REPUBLICANISMO RACIONAL

Tengo la esperanza de que este obstáculo a las delicias del retiro se desvanezca con el olvido que lo acompaña, y de poder entonces, finalmente, dedicarme al estudio, del que nada que fueran los deberes revolucionarios habría podido arrancarme.

John Locke, junto con Newton y Bacon, formaba parte de la trinidad de Jefferson. Su obra sobre el gobierno le parecía la más perfecta dentro de sus límites.

Recibí la publicación que proyectáis y la leeré con el placer todo cuanto procede de vuestra pluma. Aunque soy en gran medida escéptico sobre la práctica de la medicina, leo con placer sus ingeniosas teorías.

No soy insensible a vuestras observaciones sobre la interrupción de la correspondencia amistosa entre Mr. Adams y yo, al interés que mostráis por su restauración. Esta interrupción no se ha debido a mí, ni a falta de sinceros deseos y esfuerzos por mi parte de reanudar nuestra relación. Conocéis la perfecta coincidencia de principios y de acción que en los inicios de la Revolución produjo un alto grado de respeto y estima mutua entre Mr. Adams y yo. Ciertamente, en aquellos días nadie era más fiel que él a los principios del republicanismo racional que, cuando se hizo necesario derribar la monarquía, dictaron todos nuestros esfuerzos para establecer un nuevo gobierno. Y aunque después se inclinó hacia los principios de la constitución inglesa, nuestra amistad no disminuyó por ello.

Cuando él era vicepresidente, y yo secretario de Estado, recibí una carta del presidente Washington, que por entonces se encontraba en Mount Vernon, en la que me pedía que convocara a los jefes de los departamentos e invitara a Mr. Adams a sumarse a nosotros (única vez, dicho sea de paso, que se hizo tal cosa) para deliberar sobre una medida que había de adoptarse; y me pidió que la pusiera en práctica sin recurrir de nuevo a él. Le invité a almorzar conmigo y, después del almuerzo, con nuestra copa de vino, y ya resuelta nuestra cuestión, la conversación recayó sobre otros temas, manifestándose una diferencia de opinión entre Mr. Adams y el coronel Hamilton sobre los méritos de la constitución inglesa.

HONESTIDAD Y DIFERENCIA DE PRINCIPIOS

La opinión de Mr. Adams era que, si se corrigieran algunos de sus defectos y abusos, sería la más perfecta constitución de gobierno jamás elaborada por el hombre. Hamilton, por el contrario, afirmaba que aun con sus vicios era el modelo más perfecto de gobierno que podría formarse; y que la corrección de sus vicios haría impracticable el gobierno. Y podéis tener la seguridad de que esta era en verdad la línea que marcaba la diferencia de principios políticos de estos caballeros.

En la misma ocasión tuvo lugar otro incidente, que delimita aún mejor los principios políticos de Mr. Hamilton. En la habitación había una colección de retratos de hombres notables, entre los que se encontraban los de Bacon, Newton y Locke, y Hamilton me preguntó quiénes eran. Le dije que eran mi trinidad, los tres hombres más grandes que el mundo había producido. Calló un rato: “El hombre más grande -dijo- que jamás vivió fue Julio César. Mr. Adams era un político honesto, además de ser un hombre honesto. Hamilton era un hombre honesto, pero, como político, creía necesario gobernar a los hombres mediante la fuerza o la corrupción.

Alexander Hamilton era un hombre honesto, pero, como político, creía necesario gobernar a los hombres mediante la fuerza o la corrupción.

Recordaréis la actividad que los federalistas desplegaron, más o menos por entonces, para hundir a los amigos de los verdaderos principios de nuestra constitución, para silenciar por el terror cualquier expresión en favor suyo, para involucrarnos en una guerra con Francia y una alianza con Inglaterra, y terminar por homologar nuestra constitución con la inglesa.

Sabéis que Mr. Adams fue abrumado con febriles discursos, dictados por el temor, y a veces por la pluma, de la boya sangrienta, y persuadido por ellos a indicar abiertamente sus nuevos principios de gobierno, y que de hecho se exaltó tanto que llegó a teñir de una cierta desconfianza altanera el cariño que me tenía. La misma Mrs. Adams, con toda su prudencia y su buen sentido, estaba notablemente irritada. Y recordaréis la breve suspensión de nuestras relaciones, y las circunstancias que la motivaron, que vos tuvisteis la amabilidad de explicar y aclarar rápidamente, para cordial satisfacción de todos nosotros. 

DOS SISTEMAS DE PRINCIPIOS DIVIDÍAN EN DOS PARTIDOS A LOS CIUDADANOS AMERICANOS

Posteriormente, la nación condenó los principios políticos de los federalistas negándose a reelegir a Mr. Adams a la presidencia. El día en que nos llegó la noticia a Filadelfia del voto de la ciudad de Nueva York, que, como era bien sabido, había de decidir el del Estado, y éste, a su vez, el de la Unión, fui a ver a Mr. Adams por un asunto oficial. Estaba notablemente afectado, y me espetó estas palabras: “Bien, tengo entendido que me venceréis en esta confrontación, y sólo os diré que seré un súbdito tan fiel como el que más.”

“Mr. Adams -dije yo- esto no es una confrontación personal entre vos y yo. Dos sistemas de principios sobre la cuestión del gobierno dividen en dos partidos a nuestros conciudadanos. Vos concordáis con uno, y yo con el otro. Como llevamos en el escenario público más tiempo que la mayoría de nuestros contemporáneos vivos resulta que nuestros nombres son más ampliamente conocidos. Por consiguiente, uno de esos partidos ha puesto vuestro nombre a su cabeza, y el otro el mío. Si hoy muriéramos ambos, otros dos nombres sustituirían mañana a los nuestros, sin perturbar el movimiento del mecanismo. Se mueve por sus principios, no por vos o por mí”. “Creo que tenéis razón -dijo él- no somos sino instrumentos pasivos, y no debemos tolerar que esta cuestión afecte a nuestros sentimientos personales”.

Pero esta justa visión de la cuestión no le duró mucho tiempo. Siempre he creído que los activos intrigantes del partido le transmitirían las mil calumnias que los federalistas, con el corazón amargado y dolidos por su expulsión, inventaban diariamente contra mí, y que no dejaron de producir algún efecto.

John Adams era, según Jefferson, un político honesto, además de ser un hombre honesto.

Cuando los federalistas mantuvieron en suspenso la elección entre Burr y yo, considerando la posibilidad de poner al presidente del Senado a la cabeza del gobierno, llamé a Mr. Adams para que evitara esta medida desesperada negándose a sancionarla. Se acaloró inmediatamente, y me dijo, con una vehemencia que jamás había utilizado conmigo: “Señor mio, el desenlace de la elección depende de vos. Sólo tenéis que decir que haréis justicia a los acreedores públicos, que conservaréis la armada, y que no importunaréis a los que desempeñan cargos, y el gobierno será puesto al instante en vuestras manos. Sabemos que ese es el deseo del pueblo”.

“NO ACCEDERÉ AL GOBIERNO CAPITULANDO, SEGUIRÉ LOS DICTADOS DE MI PROPIO JUICIO”

“Mr. Adams -dije yo- no sé qué parte de mi conducta, tanto en la vida pública como en la privada, puede haber autorizado a concebir dudas sobre mi fidelidad a los compromisos públicos. He de deciros, no obstante, que no accederé al gobierno capitulando. Sólo lo asumiré con la perfecta libertad de seguir los dictados de mi propio juicio”. La misma respuesta había dado a la misma sugerencia cuando me la formuló Goueverneur Morris. “En ese caso -dijo él- todo tendrá que seguir su curso”. Llevé la conversación a otros derroteros, y poco después me fui.

Fue la primera vez en nuestra vida que nos separamos con una cierta insatisfacción. Y después se produjeron los nombramientos de medianoche, que todo el mundo ha condenado. El último día de su poder político, las últimas horas, pasada incluso la medianoche, se emplearon en cubrir todos los cargos, y especialmente los permanentes, con los más acendrados federalistas, poniéndome en la alternativa de ejercer el gobierno por intermedio de mis enemigos, que se dedicarían a impedir y frustrar todas mis medidas, o incurrir en el odio de todos los numerosos cesados hasta caer derribado.

Un poco de tiempo y de reflexión borraron de mi mente esta transitoria insatisfacción con Mr. Adams y restauraron en mi ánimo la justa estimación de sus virtudes y pasiones, que nuestra prolongada relación me permitía conocer adecuadamente. Y mi primer deseo fue hacer más fácil su retiro por cualquier medio que estuviera en mi poder; pues se sabía que no era rico.

Sugerí a algunos miembros republicanos de la delegación de su Estado que le confirieran, directa o indirectamente, un cargo, el más lucrativo de dicho Estado, cuyo titular ofrecía entonces dimitir, si consideraban que no se ofendería. Opinaron que se ofendería gravemente; y además que los republicanos en general considerarían que una medida de esa naturaleza al principio de mi mandato sería de muy mal augurio. Renuncié, por consiguiente, a la idea, pero nunca dejé de desear que se presentara alguna oportunidad de reanudar nuestro amistoso entendimiento.

Dos o tres años después, cuando tuve la desventura de perder a una hija con la que Mr. Adams había estado unido por fuertes lazos sentimentales, Mr. Adams me escribió una carta en la que, pese a las más tiernas expresiones de condolencia por el acontecimiento, evitaba cuidadosamente cualquier referencia a sentimientos de amistad para conmigo, y terminaba incluso con los recuerdos “de quien antaño se complacía en suscribirse amiga vuestra, Abigail Adams“.

SÓLO ENTRE MENTES POCO ELEVADAS PUEDE HABER INTERFERENCIA ENTRE LA COMPETENCIA POLÍTICA Y LA AMISTAD PERSONAL

Aunque el tono de la carta era tan poco prometedor, resolví hacer un esfuerzo para disipar la nube que se interponía entre nosotros. Ello dio lugar a la correspondencia que os adjunto para que la leáis atentamente, tras lo cual os ruego que me la devolváis, pues hasta ahora jamás se la había enseñado a nadie. Os la envío para convenceros de que no me han faltado ganas, ni he escatimado esfuerzos, para deshacer este malentendido. De hecho, lo consideraba vergonzoso para ambos, pues indicaba que nuestras mentes no eran lo bastante elevadas como para impedir que una competencia pública afectara a nuestra amistad personal.

No tardé en deducir de la correspondencia que la reconciliación era imposible, y, acatando una sugerencia de la última carta de Mr. Adams, puse fin a mis explicaciones. Sigo teniendo la misma buena opinión de Mr. Adams que siempre he tenido. Sé que es un hombre honrado, de pluma fácil, y fue un poderoso campeón en la tribuna del Congreso. Se ha distanciado de mí inducido por las fementidas sugerencias, con fines electorales, de que pude mezclarme en la actividad e intrigas de la ocasión. Mis amigos más íntimos pueden testificar que fui totalmente pasivo. A veces, por supuesto, me decían lo que ocurría; pero nadie me oyó participar en esas conversaciones; y nadie habló mal de Mr. Adams en mi presencia sin que yo defendiera su carácter virtuoso.

Sin duda he manifestado a personas de toda mi confianza mi desaprobación de los principios y prácticas de su administración. Eso era inevitable. Pero nunca a quienes pudieran hacerle algún daño. La decencia me habría exigido esta actitud, de no haberla precedido la inclinación; y estoy seguro de que la conducta de Mr. Adams para conmigo fue igualmente honorable. Pero creo que es propio de su carácter sospechar juego sucio en las personas de quienes recela, y no renunciar fácilmente a sus sospechas.

He entrado, querido amigo, en estos detalles, para que sepáis todo lo que ha ocurrido entre nosotros, conozcáis plenamente los hechos y las disposiciones, y juzguéis por vos mismo si permiten reanudar la amistosa relación que tan bondadosamente deseáis reavivar. Ciertamente no os faltará por mi parte nada que pueda asistiros en vuestros esfuerzos, lo que me será muy fácil habida cuenta de que no abrigo hacia Mr. Adams ningún sentimiento cuya expresión pueda razonablemente ofenderle. Y lo dejo todo en vuestras manos, con la seguridad de que, cualquiera que sea el desenlace, mi amista y respeto por vos permanecerán inalterados e inalterables.

[Carta al Doctor Benjamin Rush. Monticello, 16 de enero de 1811]

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THOMAS JEFFERSON, Autobiografía y otros escritos. Editorial Tecnos, 1987. Traducción de A. Escohotado y M. Sáenz de Heredia. [FD, 16/06/2008]

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  1. Filosofía Digital » HONESTIDAD PERSONAL Y PRINCIPIOS POLÍTICOS, por Thomas Jefferson:

    [...] THOMAS JEFFERSON, Autobiografía y otros escritos. Editorial Tecnos, 1987. Traducción de A. Escohotado y M. Sáenz de Heredia. [Publicado simultáneamente en Mundo Libre Digital] [...]

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