Mundo Libre Digital

"Para que una nación ame la libertad basta con que la conozca, y para que sea libre basta con que lo desee." Lafayette

CONCIENCIAS TUTELADAS, por Jesús Nava

Categoría: SANTO Y SEÑA — March 9, 2010 @ 7:14 pm

“Mientras nadie presente a los españoles una verdadera alternativa democrática, seria y honesta, frente a la actual oligocracia de partidos, corrupta y despótica, me parece precipitado atribuir a la nación un carácter servil. Reconozco que el pueblo español permanece cautivo de terribles prejuicios políticos y religiosos; pero, al contrario de cierto arrogante republicano que lo tilda de cobarde, yo sólo he observado en su conducta “insuficiencia de luces, errores de espíritu, pero no bajeza del corazón”. Y también reconozco el enorme trabajo que cuesta desarraigar una idea concebida por la mayoría y destruirla aunque sea en un solo hombre que la ha adoptado: ni escritos ni discursos sirven para nada. Sólo un gran partido, nutrido con patriotas y guiado por esa hermosa constelación de principios que ha inspirado siempre a la democracia, podrá conmover y cambiar la sociedad, aunque para ello tenga que sacudirla y desgarrarla. No es fácil conseguir que un pueblo se libere del yugo de las malas creencias, las malas costumbres y las malas leyes. Después de todo, es raro que el discípulo supere a los maestros que lo han educado.“

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Cuando respondía a la pregunta sobre qué se podía hacer, aparte de criticar el sistema sociopolítico y cultural, para intentar cambiar las cosas, decía que “entregarse a ambas tareas -la filosófica y la política- requiere, aunque en distintos niveles y con el grado de pasión que merece cada fin, perseverancia, coraje e inteligencia o sentido común. Y debemos evitar con esmero tres errores muy humanos: la impaciencia, el desánimo y la indiferencia.”

Insisto. Verás. Para construir una sociedad más libre, justa y armónica debemos antes concebir su “idea” en nuestra mente y comprobar, en la práctica, su viabilidad en las condiciones concretas del país que queremos mejorar o cambiar, contando, por supuesto, con la voluntad de una mayoría de nuestros conciudadanos. Para esto hace falta la inteligencia o un sentido común mínimamente ilustrado.

¿Si sabrá más el discípulo?, por Goya.

Creo que muchos españoles entienden -o al menos imaginan- que la libertad democrática es la idea justa de libertad, sí, pero reculan a la vista de los medios necesarios para conquistarla: la asociación política de los ciudadanos. Les falta, pues, coraje. Y si no fuere esa la causa, al menos lo parece, pues deserta de sus principios quien no persevera en sostenerlos.

En España, entre los muchos daños infligidos al carácter nacional, y a la conciencia popular, por regímenes seculares de monarquías absolutas o limitadas, dictaduras militares y oligarquías de partidos, se debe incluir la aversión generalizada entre los ciudadanos a la participación en  los asuntos públicos. A base de insistir, explícita o implícitamente, en que los españoles no sabremos ser libres a menos que los partidos políticos, los militares o los curas tutelen nuestra conciencia y gobiernan nuestros actos, hemos caído en la misocracia (aversión a la política o al gobierno) y el misoneísmo (aversión a lo nuevo). (más…)

EL CAMPO ODIOSO DE LA POLÍTICA, por Henri-Frederic Amiel

Categoría: ABECÉ DE LA DEMOCRACIA — March 6, 2010 @ 12:40 am

“Aquí casi nadie comprende la imparcialidad, la necesidad relativa del antagonismo, el bien del partido contrario. Deberás combatir el exclusivismo, pero también el doctrinarismo. Las formulas nunca salvarán a un pueblo. No se pueden implantar leyes, ni siquiera excelentes, prematuramente; las naciones, lo mismo que los individuos, son asimilables sólo por medio de su cultura; y más allá de sus necesidades, las mejores medidas o determinaciones de gobierno les resultan del todo inútiles. No se logrará que beban más de lo que lo hace un asno sin sed, y todo el trabajo empleado en ello es superfluo. En los revolucionarios, lo mismo que en los revoltosos, veo unos hombres que mezclan en proporciones diferentes el error y la verdad, el egoísmo y la justicia, impulsados por móviles morales bastante confusos, y guiados por maneras de ver imperfectas; y todos ellos trabajando, cada uno por su lado, en un fin común, superior a su alcance y a sus deseos. Lo que me interesa y me ocupa es la vida nacional histórica, que agrupa todos esos antagonismo interiores. Aquí soy observador, y no agente, limitándome además al terreno científico y moral, fuera del campo odioso de la política; no debes dejarte arrastrar y desviar, antes de que te llegue el momento. Tienes que agrupar y ampliar el partido de los independientes y del futuro. Conclusión: en nuestros radicales, no me gustan las personas ni las teoría; y en los conservadores, aprecio las personas, pero poco las máximas. ¿Cómo hacer? Respetar a los hombres; combatir las ideas.”

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COMBATIRÉ EL EXCLUSIVISMO, PERO TAMBIÉN EL DOCTRINARISMO: LAS FÓRMULAS NUNCA SALVARÁN A UN PUEBLO

Conducta. Te adormeces por inercia, y te buscas una serie de dificultades y sospechas que con el tiempo se convertirán en un gran obstáculo. Ya se ha comentado en el jurado que eras comunista. Y tus antiguos conocidos (Roget, Munier, etc.), sorprendidos de no verte de nuevo, van a pensar que tu posición es equívoca. Los señores De la Rive y Viridet, y todo el mundo, después, sondearán tus opiniones políticas, o las supondrán. ¿Cuál ha de ser tu actitud ante todo esto?

No puedes permanecer indiferente o ignorante. Más vale la claridad, dentro de una actitud circunspecta. Deberás dejarte ver como extraño a las querellas, por tu larga ausencia, alejado de todo prejuicio precipitado y temerario, por carácter y por principio; y siempre sin salirte del terreno científico, y esto sin favoritismo por un lado y sin motivos interesados por otro. Te reducirás a afirmar una sola cosa: la necesidad de una enseñanza viva y tu deseo de participar en ella, para hacer aprovechar a los demás tus pequeñas experiencias acumuladas en los países extranjeros; como medio de llegar a ello, te mostrarás únicamente partidario del concurso, del mérito; te abstendrás de la política y te interesarás en que te pongan al corriente de los proyectos de cada partido; tú solamente deseas la gloria y la felicidad de Ginebra, pero en una metamorfosis; cuál de los partidos sea el más idóneo para acelerar este futuro es cuestión sobre la que no puedes de momento pronunciarte en absoluto. No juzgues los hombres ni las cosas, sino sólo las ideas, y pide a todos sus opiniones sobre el porvenir de Ginebra.

Las posiciones claras son mucho más fáciles, pues de esta forma vas directo contra los que sospechan; no provoques explicaciones, pero no te niegues a darlas. No te muestres muy abierto, pero tampoco rígido. Piensa que aquí casi nadie comprende la imparcialidad, la necesidad relativa del antagonismo, el bien del partido contrario.

Deberás combatir el exclusivismo, pero también el doctrinarismo. Las formulas nunca salvarán a un pueblo. No se pueden implantar leyes, ni siquiera excelentes, prematuramente; las naciones, lo mismo que los individuos, son asimilables sólo por medio de su cultura; y más allá de sus necesidades, las mejores medidas o determinaciones de gobierno les resultan del todo inútiles. No se logrará que beban más de lo que lo hace un asno sin sed, y todo el trabajo empleado en ello es superfluo. Las revoluciones tienen el defecto de pasar por alto su finalidad, antes de volver a tenerla en cuenta, y hacen pagar prodigiosamente caro cada progreso; también es cierto que, debido a las malas pasiones y al egoísmo de todos, hay que exigir mucho para obtener algo.

En los revolucionarios, lo mismo que en los revoltosos, veo unos hombres que mezclan en proporciones diferentes el error y la verdad, el egoísmo y la justicia, impulsados por móviles morales bastante confusos, y guiados por maneras de ver imperfectas; y todos ellos trabajando, cada uno por su lado, en un fin común, superior a su alcance y a sus deseos. Lo que me interesa y me ocupa es la vida nacional histórica, que agrupa todos esos antagonismo interiores. Aquí soy observador, y no agente, limitándome además al terreno científico y moral, fuera del campo odioso de la política; no debes dejarte arrastrar y desviar, antes de que te llegue el momento. Tienes que agrupar y ampliar el partido de los independientes y del futuro. (más…)

UNA REVOLUCIÓN PACÍFICA, por Henry D. Thoreau (III)

Categoría: LA DESOBEDIENCIA CIVIL — March 3, 2010 @ 6:32 pm

“No importa cuán pequeño pueda parecer el comienzo: lo que se hace bien, bien hecho queda para siempre. Pero nos gusta más hablar de ello: esa, decimos, es nuestra misión. La Reforma cuenta con innumerables periódicos a su favor, pero no tiene un solo hombre. Dad vuestro voto completo, no una simple tira de papel; comprometed toda vuestra influencia. Una minoría es impotente sólo cuando se aviene a los dictados de la mayoría. Si un millar de personas rehusaran satisfacer sus impuestos este año, la medida no sería ni sangrienta ni violenta. Y esa es, de hecho, la definición de revolución pacífica, si tal es posible. Cuando el súbdito niegue su lealtad y el funcionario sus oficios, la revolución se habrá conseguido. Nuestros legisladores no han aprendido aún el valor relativo que encierra el libre comercio y la libertad, la unión y la rectitud. El Nuevo Testamento ha sido escrito hace ya mil ochocientos años y, sin embargo, ¿dónde está el legislador con sabiduría y talento práctico suficiente para hacer uso de la luz que aquél imparte sobre la ciencia de la legislación? Nunca podrá haber un Estado realmente libre e iluminado hasta que no reconozca al individuo como poder superior independiente del que derivan el que a él le cabe y su autoridad. Un Estado que produjere esta clase de fruto y acertare a desprenderse de él tan pronto como hubiere madurado prepararía el camino hacia otro más perfecto y glorioso, que también he soñado, pero del que no se ha visto aún traza alguna.”

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No vacilo en decir que quienes se proclaman abolicionistas debieran retirar inmediata y efectivamente todo su apoyo, tanto personal como material, al gobierno de Massachusetts sin esperar a constituir una mayoría de uno para que les afecte el derecho de prevalecer por vía colectiva.

CUALQUIER HOMBRE QUE SEA MÁS JUSTO QUE SUS VECINOS, CONSTITUYE YA UNA MAYORÍA DE UNO: ¡AY, SI HUBIERA UN SOLO HOMBRE HONESTO EN EL ESTADO!

Estimo que es suficiente si tienen a Dios de su parte, y que no hace falta aguardar a sumar ese uno adicional. Además, cualquier hombre que sea más justo que sus vecinos, constituye ya una mayoría de uno.

Martin Luther King, no esperó a prevalecer por vía colectiva para luchar por los derechos civiles de la minoría negra americana. La lucha le costó la vida, pero luchó por aquello en lo que creía.

Y yo confronto a este Gobierno americano o a su representante, el Gobierno del Estado, directamente, cara a cara, una vez al año nada más, en la persona de su recaudador de impuestos; del único modo que le cabe hacerlo a un hombre de mi situación; entonces, me dice taxativamente: Reconóceme; y la manera más sencilla y efectiva -y en el estado actual de las cosas, indispensable- de tratarlo en base a esta presentación, expresando tu poca satisfacción y amor para con él es negándolo. Mi convecino civil, el recaudador de impuestos, es la persona con que he de vérmelas -pues es con hombres, al fin y al cabo, y no con papeles, con lo que yo peleo-, persona que libremente ha elegido ser un agente del Gobierno.

Sé bien que si un millar, un centenar, una docena tan sólo de hombres que podría nombrar -si sólo diez hombres honestos…- ¡Ay, si UN HOMBRE HONESTO en este Estado, en Massachusetts, dejando de guardar esclavos se retirare efectivamente de esta sociedad nacional de la que es consocio, y fuera por ello encerrado en la cárcel del condado, la esclavitud daría fin en América.

Pues no importa cuán pequeño pueda parecer el comienzo: lo que se hace bien, bien hecho queda para siempre. Pero nos gusta más hablar de ello: esa, decimos, es nuestra misión. La Reforma cuenta con innumerables periódicos a su favor, pero no tiene un solo hombre. (más…)

LA ACCIÓN BASADA EN LOS PRINCIPIOS CAMBIA LAS COSAS Y ES REVOLUCIONARIA, por Henry D. Thoreau (II)

Categoría: LA DESOBEDIENCIA CIVIL — March 3, 2010 @ 6:26 pm

“Toda votación es un juego, como el de damas o el chanquete, pero con leve tinte moral, un quehacer festivo con el Bien y el Mal. Yo deposito mi voto, quizá, por lo que estimo correcto; pero no me siento vitalmente interesado en que prevalezca. Estoy dispuesto a dejarlo en manos de la mayoría. Lo que hay que hacer, en todo caso, es no prestarse a servir al mismo mal que se condena. Pero no: encuentro que el hombre respetable, ha abandonado inmediatamente su posición y desespera de su país, cuando su país tiene más razón para desesperar de él. Su voto no tiene más valor que el de cualquier extranjero sin principios o nativo caprichoso, que bien puede que haya sido comprado. Aquellos que, mientras desaprueban el carácter y la necesidad de determinado Gobierno, le conceden su adhesión y sostén, son indudablemente sus más concienzudos paladines; y así, a menudo, el obstáculo más difícil para la reforma. Hay leyes injustas. ¿Nos contentaremos obedeciéndolas o trataremos de corregirlas hasta que lo consigamos o, más bien, las transgrediremos en seguida? En cuanto a adoptar los modos aportados por el Estado para remedio del mal, no los reconozco como tales. Requieren demasiado tiempo y la vida del hombre es breve. Tengo otros asuntos que atender. No es asunto mío andar con peticiones al Gobernador o la Legislatura, como tampoco de ellos el de mandarme a mí. La acción en base a los principios -la percepción y la práctica de lo que es justo- cambia las cosas y las relaciones, es esencialmente revolucionaria, y no casa plenamente con lo anterior.”

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Hay novecientos noventa y nueve defensores de la virtud por cada hombre virtuoso; pero es mucho más fácil tratar con el poseedor real de algo que con su guardián temporal.

INCLUSO VOTAR POR LO JUSTO ES NO HACER NADA POR ELLO

Washington, héroe de la independencia americana, cruzando las heladas aguas del Delaware.

Toda votación es un juego, como el de damas o el chanquete, pero con leve tinte moral, un quehacer festivo con el Bien y el Mal, con resonancias morales; y el envite, naturalmente, es inherente a él. No se apuesta sobre el carácter de los votantes. Yo deposito mi voto, quizá, por lo que estimo correcto; pero no me siento vitalmente interesado en que prevalezca. Estoy dispuesto a dejarlo en manos de la mayoría.

Su obligación, por tanto, jamás pasa del grado de lo conveniente. Incluso votar por lo justo es no hacer nada por ello. Apenas significa otra cosa que exponer débilmente a los hombres el deseo de que fuera así. El hombre prudente no dejará lo justo a merced del azar ni deseará que prevalezca gracias al poder de la mayoría. Poca es la virtud que encierra la masa. Cuando la mayoría vote, por fin, por la abolición de la esclavitud, será porque es indiferente a ella o porque queda ya muy poca que abolir mediante su voto. Serán ellos, entonces, los únicos esclavos. Sólo el voto de aquél que afirma con él su propia libertad puede acelerar la abolición de la esclavitud.

Me llega la noticia de una convención que ha de celebrarse en Baltimore o en cualquier otro sitio para proceder a la selección de un candidato a la Presidencia, reunión compuesta primariamente de editores y políticos profesionales; y pienso: ¿Qué ha de importar al hombre independiente, inteligente y respetable a qué decisión puedan llegar en cualquier caso? ¿Es que no podremos contar con la sabiduría y honradez de aquél de cualquier modo? ¿Será imposible que sumemos algunos votos independientes? ¿Acaso no son numerosísimos los hombres que en este país no asisten a convenciones?

Pero no: encuentro que el hombre respetable, el así llamado, ha abandonado inmediatamente su posición y desespera de su país, cuando su país tiene más razón para desesperar de él. En consecuencia adopta a uno de los candidatos así elegidos como único asequible, demostrando de esa manera que es él mismo el asequible a cualquier designio del demagogo. Su voto no tiene más valor que el de cualquier extranjero sin principios o nativo caprichoso, que bien puede que haya sido comprado. (más…)

PRIMERO HOMBRES, DESPUÉS CIUDADANOS, por Henry D. Thoreau (I)

Categoría: LA DESOBEDIENCIA CIVIL — March 3, 2010 @ 10:11 am

“Solemos decir que la masa de los hombres carece de preparación, pero la mejoría es lenta porque los pocos no están materialmente mejor que los muchos. ¿Qué precio alcanza hoy un hombre honesto y patriota? Dudan, vacilan, se lamentan, y en ocasiones, piden; pero no hacen nada seria y efectivamente. Esperarán con la mejor disposición a que sean otros quienes remedien la maldad para que ellos no tengan que seguir lamentándose de su existencia. A lo más darán su voto con descuido y una salutación de adiós al justo, cuando éste pase por su lado. Pero, para hablar prácticamente, como simple ciudadano, y a diferencia de quienes se autotitulan “hombres de ningún gobierno”, yo reclamo, no la ausencia de todo gobierno, sino, en seguida, uno mejor. Que cada hombre haga saber qué clase de Gobierno gozaría de su respeto, y ése será el primer paso para conseguirlo. ¿No puede haber un Gobierno donde la mayoría no decida virtualmente mal o bien, sino en conciencia? ¿Donde la mayoría falle sólo aquellas cuestiones a las que es aplicable un criterio utilitario? ¿Debe rendir el ciudadano su conciencia, siquiera por un momento, o en el grado más mínimo, al legislador? ¿Por qué posee, pues, cada hombre una conciencia? Estimo que debiéramos ser hombres primero y súbditos luego. No es deseable cultivar por la ley un respeto igual al que se acuerda a lo justo. La única obligación que tengo derecho a asumir es la de hacer en todo momento lo que considero propio.”

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De todo corazón acepto el lema de que “el mejor gobierno es el que gobierna menos”, y me gustaría que fuera honrado con más diligencia y sistema. En la práctica significa asimismo, lo cual también creo: “que el mejor gobierno es el que no gobierna en absoluto”; y cuando los hombres estén preparados para él, ese y no otro será el que tendrán.

EL GOBIERNO ES A LO SUMO UNA CONVENIENCIA

El Gobierno es, a lo más, una conveniencia; aunque la mayoría de ellos suelen ser inútiles, y alguna vez, todos sin excepción, inconvenientes. Las objeciones puestas al hecho de contar con un ejército regular, que son muchas y de peso, y merecen prevalecer, pueden ser referidas en última instancia a la presencia de un Gobierno igual de establecido. El ejército regular no es sino el brazo armado del Gobierno permanente. Este, a su vez, aunque no representa sino el modo elegido por el pueblo de ejecutar su voluntad, es igualmente susceptible de abuso y perversión antes de que aquél pueda siquiera actuar por su mediación. Reparad en la presente guerra mejicana (1), la obra de un número relativamente escaso de individuos que se valen del gobierno establecido como instrumento; pues, para empezar, el pueblo no habría consentido esta medida.

Como diría Goya en uno de sus aguafuertes, con razón o sin ella, los soldados siempre matan y el pueblo siempre muere.

Este gobierno americano ¿qué es sino una tradición, aunque reciente, que trata de transmitirse inalterada a la posteridad, pese a ir perdiendo a cada instante retazos de su decencia? Carece de la vitalidad y la fuerza de un solo hombre vivo, pues éste puede doblegarlo a voluntad. Es como una especie de arma de madera para el pueblo mismo; y si alguna vez la usaren verdaderamente como real unos contra otros, de seguro que se les desharía en astillas. Sin embargo, no por eso deja de serles necesario; pues los individuos han de tener alguna complicada maquinaria que otra y oír su estrépito para satisfacer su idea de gobernar. Los gobiernos revelan, así, cuán fácil de imponer son los hombres, incluso a estos mismos, para su propio medro.

Excelente, convengamos; pero este Gobierno jamás patrocinó empresa alguna, más que con la premura con que se apartó de su camino. No guarda libre el país. No pacifica el Oeste. No educa. Es el carácter inherente a todo el pueblo americano el que da razón de los logros; y estos habrían sido más numerosos si en ocasiones el Gobierno no hubiera obstaculizado su curso. Y es que el Gobierno es una conveniencia con cuyo concurso los hombres respetarían gustosamente su respectiva independencia; y, lo dicho, tanto más conveniente cuanto menos interfiera en la vida del pueblo. (más…)

SOCIEDAD, CIVILIZACIÓN Y GOBIERNO, por Thomas Paine

Categoría: ABECÉ DE LA DEMOCRACIA — March 1, 2010 @ 9:30 pm

“Gran parte del orden que reina en la humanidad no es efecto del gobierno. Tiene su origen en los principios de la sociedad y en la constitución natural del hombre. Existía antes que el gobierno, y existiría si se aboliera el formulismo del gobierno. Cuando más perfecta sea la civilización, menos necesidad tiene de gobierno, pues más regula sus propios asuntos y se rige sola. Pero ¡cuán a menudo se ve a la sociedad perturbada o destruida por las actuaciones del gobierno! Una de las grandes ventajas de la Revolución Americana ha sido que llevó a un descubrimiento de los principios, y reveló los engaños, de los gobiernos. Hasta entonces, todas las revoluciones se habían realizado dentro de un ambiente de palacio, y nunca en el grande ámbito de una nación. Los participantes en ellas pertenecían siempre a la clase de los cortesanos, y por muy rabiosamente que desearan la reforma, mantenían cuidadosamente el fraude de la opresión. En ningún caso dejaban de representar al gobierno como algo lleno de misterios, que no entendían más que ellos mismos, y escondían a la comprensión de la nación lo único que era beneficioso saber, esto es, que el gobierno no es sino una asociación nacional que actúa conforme a los principios de la sociedad.”

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Gran parte del orden que reina en la humanidad no es efecto del gobierno. Tiene su origen en los principios de la sociedad y en la constitución natural del hombre. Existía antes que el gobierno, y existiría si se aboliera el formulismo del gobierno. La dependencia mutua y el interés recíproco que el hombre tiene respecto del hombre, y todas las partes de la comunidad civilizada de unas respecto a las otras crean esa gran cadena de conexión que la mantiene unida.

LA SOCIEDAD HACE POR SÍ MISMA CASI TODO LO QUE SE ATRIBUYE AL GOBIERNO

El terrateniente, el agricultor, el fabricante, el comerciante, el hombre de negocios y todas las ocupaciones prosperan gracias a la ayuda que cada uno recibe del otro, y del todo. El interés común regula sus preocupaciones y forma su ley, y las leyes que ordena el uso común tienen mayor influencia que las leyes del gobierno. En fin, la sociedad hace por sí misma casi todo lo que se atribuye al gobierno.

Aunque reconocían que era inviable para grandes poblaciones, Jefferson y Paine no estaban seguros de que la máxima libertad y felicidad de los pueblos, como entre los indios americanos, no dependiera de la total ausencia de gobierno.

Para comprender la naturaleza y la cantidad de gobierno adecuado para el hombre es necesario atender al carácter de éste. Como la naturaleza lo destinó a la vida social, lo capacitó para la condición que se proponía. En todos los casos hizo que sus necesidades naturales fueran mayores que sus facultades individuales. Ningún hombre puede, sin la ayuda de la sociedad, satisfacer sus propias necesidades, y esas necesidades, al actuar sobre el individuo, impelen a todos ellos hacia la sociedad, con la misma naturalidad con que la gravitación actúa respecto del centro.

Pero ha ido más allá. No sólo ha obligado al hombre a entrar en la sociedad mediante toda una variedad de necesidades que se pueden satisfacer mediante la ayuda recíproca de unos a otros, sino que además ha implantado en él un sistema de afectos sociales que, pese a no ser necesarios para su existencia, son indispensables para su felicidad. No hay período de su vida en que deje de intervenir su amor a la sociedad. Este comienza y termina con nuestro ser. (más…)