AMOR AL CAMBIO Y TEMOR A LAS REVOLUCIONES, por Alexis de Tocqueville
“Si se consigue establecer un estado social en el que cada uno tenga algo que conservar y poco que adquirir, se habrá hecho mucho por la paz del mundo. Entre los dos extremos de las sociedades democráticas, hay una muchedumbre innumerable de hombres casi iguales, que sin ser precisamente ricos o pobres, poseen suficientes bienes como para desear el orden, pero no como para despertar la envidia. Así se da en los hombres más libertad para cambiar y menos interés en el cambio. No sólo los ciudadanos de las democracias no desean naturalmente las revoluciones, sino que las temen. Será inútil hablarles de los intereses y derechos del género humano; su pequeña empresa doméstica absorbe por el momento todos sus pensamientos y les hace desear que las agitaciones públicas se pospongan. Esto no sólo les impide hacer revoluciones, sino hasta desearlas. El ardor que ponen en sus pequeños intereses apaga de antemano el que podrían sentir por los grandes. Aman el cambio, pero temen las revoluciones.”
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Casi todas las revoluciones que han cambiado la faz de los pueblos persiguieron consagrar o destruir la desigualdad. Si descartamos las causas secundarias que han producido las grandes agitaciones humanas, casi siempre encontraremos la igualdad. O han sido los pobres, que han querido arrebatar los bienes a los ricos, o los ricos, que han pretendido sujetar a los pobres. Así pues, si se consigue establecer un estado social en el que cada uno tenga algo que conservar y poco que adquirir, se habrá hecho mucho por la paz del mundo.
EN LAS SOCIEDADES DEMOCRÁTICAS, LOS CIUDADANOS NO SÓLO NO DESEAN REVOLUCIONES, SINO QUE LAS TEMEN
No ignoro que en un gran pueblo democrático siempre hay ciudadanos muy pobres y ciudadanos muy ricos; pero los pobres, en lugar de formar la inmensa mayoría de la nación como sucede en las sociedades aristocráticas, son pocos, y la ley no los mantiene atados a la mesa con los lazos de una miseria irremediable y hereditaria.
Los ricos son, por su parte, escasos y poco poderosos; no gozan de privilegios que atraigan las miradas; su riqueza misma, no estando ya ligada a la tierra ni representada por ella, es incorpórea y como invisible. Del mismo modo que ya no existe una casta de pobres, tampoco la hay de ricos; éstos surgen cada día del seno de la multitud, a la que retornan sin cesar. No forman, pues, una clase aparte a la que se pueda fácilmente definir y despojar; y además, como se liga por infinidad de lazos secretos a la masa de sus conciudadanos, el pueblo no puede atacarlos sin herirse a sí mismo.
Entre estos dos extremos de las sociedades democráticas, hay una muchedumbre innumerable de hombres casi iguales, que sin ser precisamente ricos o pobres, poseen suficientes bienes como para desear el orden, pero no como para despertar la envidia. Éstos se oponen naturalmente a los movimientos violentos; su firmeza mantiene en reposo todo lo que se encuentra por encima y por debajo de ellos, y consolida las bases del cuerpo social. Así se da en los hombres más libertad para cambiar y menos interés en el cambio. No sólo los ciudadanos de las democracias no desean naturalmente las revoluciones, sino que las temen.
No hay revolución que no amenace, en mayor o menor grado, la propiedad adquirida. La mayoría de los habitantes de un país democrático son propietarios, y no sólo tienen propiedades, sino que su estado es precisamente aquél en que los hombres dan más valor a su propiedad.
Si se atiende a una de las clases de las que se compone la sociedad, fácilmente se observará que en ninguna de ellas son tan poderosas y tenaces las pasiones que engendra la propiedad como en la clase media. Los pobres no suelen preocuparse gran cosa por lo que poseen, pues mayor su sufrimiento por lo que les falta que el goce que les permite lo poco que tienen. Los ricos tienen muchas otras pasiones que satisfacer además de éstas y, por otra parte, el largo y penoso uso de una gran fortuna a veces acaba por volverlo insensibles a sus dulzuras.
Pero los hombres que viven en un bienestar tan distante de la opulencia como de la miseria, otorgan a sus bienes un valor inmenso. Como aún están cerca de la pobreza, conocen sus rigores y los temen; entre ella y ellos no hay más que un pequeño patrimonio en el que se concentran sus temores y sus esperanzas. Ahora bien, la igualdad de condiciones sociales eleva constantemente el número de estos pequeños propietarios ardientes y temerosos.
Así, en las sociedades democráticas la mayoría de los ciudadanos no ven con claridad lo que podrían ganar con una revolución, y en cambio percibe a cada instante y de mil maneras diferentes todo lo que podría perder.
NO HAY NADA MÁS CONTRARIO A LAS REVOLUCIONES QUE EL COMERCIO, EL AMOR A LA PROPIEDAD Y EL DESEO ARDIENTE DE BIENESTAR
Ya dije en otro lugar de esta obra cómo la igualdad lleva naturalmente a los hombres a las ocupaciones industriales y comerciales, y cómo acrecienta y diversifica la propiedad inmueble; también he señalado, en fin, cómo inspira a todo hombre un deseo ardiente y constante de aumentar su bienestar. Nada hay más contrario a las pasiones revolucionarias que todas estas cosas.
No conozco costumbres tan opuestas a las revolucionarias como las comerciales. El comercio es naturalmente contrario a toda pasión violenta. Es partidario de la moderación, le gustan los compromisos y huye cuidadosamente de la violencia. Es paciente, acomodaticio, indirecto, y sólo recurre a medios extremos si la necesidad le obliga. El comercio hace independientes a los hombres, les da una alta idea de su valor individual, les inculca el deseo de dirigir sus propios negocios y les enseña a triunfar en ellos; los prepara, pues, para la libertad, pero los aleja de las revoluciones.
Será inútil hablarles de los intereses y derechos del género humano; su pequeña empresa doméstica absorbe por el momento todos sus pensamientos y les hace desear que las agitaciones públicas se pospongan. Esto no sólo les impide hacer revoluciones, sino hasta desearlas. Las pasiones políticas violentas tienen poco imperio sobre unos hombres entregados con toda su alma a la consecución del bienestar. El ardor que ponen en sus pequeños intereses apaga de antemano el que podrían sentir por los grandes.
Es cierto que de vez en cuando surgen en las sociedades democráticas ciudadanos emprendedores y ambiciosos, cuyos grandes deseos no pueden satisfacerse por los medios comunes. Éstos sí aman las revoluciones y las reclaman, pero les cuesta mucho trabajo provocarlas si acontecimientos extraordinarios no vienen en su ayuda.
No se lucha con ventaja contra el espíritu del tiempo y del país propios, y un hombre, por poderoso que sea, difícilmente puede lograr que sus conciudadanos compartan con él sentimientos e ideas que el conjunto de sus deseos y de sus sentimientos rechaza. No hay que esperar entonces que una vez consolidada y aceptada la igualdad, y cuando ya ha impreso su carácter a las costumbres, los hombres se dejen arrastrar fácilmente a la aventura por un jefe imprudente o un osado innovador.
Y no porque le resistan abiertamente o mediante sabias combinaciones, ni siquiera por un propósito premeditado de resistencia. No le combaten con energía, incluso le aplauden algunas veces, pero no le siguen. Al ardor de ese jefe oponen secretamente su inercia; a sus instintos revolucionarios, sus intereses conservadores; sus gustos caseros, a sus azarosos afanes; su buen sentido a los desvaríos de su genio; a su poesía, su prosa. Consigue levantarlos un momento con mil trabajos, pero pronto se le escapan y, como arrastrados por su propio peso, caen de nuevo donde estaban. Se agota en sus esfuerzos por animar a esa masa indiferente y distraída, y al final se ve reducido a la impotencia, no porque esté vencido, sino porque está solo.
No es que sostenga que los ciudadanos de las sociedades democráticas sean naturalmente estables; creo, por el contrario, que en una sociedad así reina un continuo movimiento y que nadie conoce en ella el reposo; pero creo también que los hombres cambian dentro de ciertos límites que no rebasan. Varían, alteran o renuevan a diario los aspectos secundarios, pero tienen buen cuidado de no tocar los principales. Aman el cambio, pero temen las revoluciones.
EN AMÉRICA HAY PASIONES E IDEAS DEMOCRÁTICAS; EN EUROPA AÚN TENEMOS PASIONES E IDEAS REVOLUCIONARIAS
A menudo he observado que las teorías que son revolucionarias necesariamente por no poder realizarse sino mediante un cambio completo y a veces súbito del estado de la propiedad y de las personas, gozan infinitamente de menos favor en los Estados Unidos que en las grandes monarquías europeas. Si algunos hombres las profesan, la masa las rechaza con una especie de horror instintivo.
Me atrevo a afirmar que la mayoría de los principios que se acostumbra en Francia a llamar democráticos serían proscritos por la democracia de los Estados Unidos. Esto es fácil de comprender. En América hay pasiones e ideas democráticas; en Europa aún tenemos pasiones e ideas revolucionarias. Si alguna vez llegan a producirse en América grandes revoluciones, serán provocadas por la presencia de los negros en su suelo; es decir, no por la igualdad de condiciones; por el contrario, será la desigualdad la que las origine.
Cuando las condiciones sociales son iguales, cada cual se aísla de buen grado en sí mismo y olvida al resto. Si los legisladores de los pueblos democráticos no tratasen de corregir esta funesta inclinación, o la favoreciesen pensando que aparta a los ciudadanos de las pasiones políticas y por lo tanto de las revoluciones, podría ocurrir que acabasen por favorecer el mal que quieren evitar, y que llegara un momento en que las pasiones desordenadas de unos cuantos hombres, apoyadas por el torpe egoísmo y la pusilanimidad de la mayoría, acabaran por obligar al cuerpo social a soportar extrañas vicisitudes. En las sociedades democráticas, sólo pequeñas minorías suelen desear las revoluciones, pero a veces pueden llevarlas a cabo.
Los pueblos democráticos, entregados a sí mismos, no se lanzan con facilidad a grandes aventuras; si son arrastrados a una revolución, es sin que se den cuenta, y si a veces las sufren, no son ellos quienes las hacen. Y añadiré que cuando se les ha dejado adquirir luces y experiencias, tampoco las permiten.
Bien sé que en esta materia las instituciones públicas pueden mucho por sí solas; favorecen o reprimen las tendencias que nacen del cuerpo social. Y fácilmente entreveo un estado político tal que combinándose con la igualdad produciría en la sociedad unas condiciones de estabilidad de que jamás ha gozado Occidente.
Cuando acabo de decir de los hechos es aplicable, en parte, a las ideas.
Dos cosas asombran en los Estados Unidos: la gran movilidad de la mayoría de las acciones humanas y la singular fijeza de ciertos principios. Los hombres se agitan sin cesar, pero el espíritu humano parece casi inmóvil. En los Estados Unidos las doctrinas generales en materia de religión, de filosofía, de moral e incluso de política, no varían lo más mínimo, o, al menos, no se modifican sino después de un trabajo oculto y a menudo insensible; hasta los prejuicios más groseros se borran sólo con una lentitud inconcebible gracias al continuo roce de las cosas y de los hombres.
PARA DESARRAIGAR LOS PREJUICIOS DE LOS PUEBLOS DEMOCRÁTICOS, NI ESCRITOS NI DISCURSOS SIRVEN PARA NADA
Oigo decir que las democracias, por su naturaleza y hábitos, cambian constantemente de sentimientos y de forma de pensar. Quizá sea esto así en las naciones democráticas pequeñas, igual que en las de la Antigüedad, donde se reunían todos los ciudadanos en la plaza pública y un orador los agitaba a su antojo. Nada parecido he visto en el seno del gran pueblo democrático que ocupa las riberas opuestas de nuestro océano.
Lo que me ha llamado la atención en los Estados Unidos es el trabajo que cuesta desarraigar una idea concebida por la mayoría y destruirla en un hombre que la ha adoptado. Ni escritos ni discursos sirven para nada; sólo la experiencia lo logra, y aun a veces es preciso que se repita.
Yo no creo que sea tan fácil como se puede imaginar desarraigar los prejuicios de un pueblo democrático, cambiar sus creencias, sustituir con nuevos principios religiosos, filosóficos y morales, los ya establecidos; en una palabra, hacer grandes y frecuentes revoluciones en las inteligencias. No porque el espíritu humano permanezca ocioso, pues se agita incesantemente; pero más bien se dedica a variar hasta el infinito la consecuencia de los principios conocidos y a descubrir otras nuevas, que a buscar otros nuevos.
Cuanto más atentamente considero los efectos de la igualdad sobre la inteligencia, más me convenzo de que la anarquía intelectual de que somos testigos no es, como muchos suponen, el estado natural de los pueblos democráticos. Creo más bien que hay que considerarla un accidente propio de su juventud, y que no se revela sino en esa época de paso en que los hombres han roto ya los antiguos lazos que los unían entre sí, pero todavía difieren enormemente en su origen, educación y costumbres; de suerte que, habiendo conservado ideas, instintos y gustos diversos, no hay nada que les impida exhibirlos.
Me parece difícil que en el seno de un sociedad democrática un hombre pueda concebir un sistema entero de ideas extrañas a las de sus contemporáneos; y si tal innovador se presentase, creo que al principio le sería difícil hacerse escuchar y más aún hacerse seguir. Cuando las condiciones sociales son casi iguales, ningún hombre se deja convencer fácilmente. Como todos se conocen de cerca, han aprendido juntos las mismas cosas y llevan la misma vida, no se muestran naturalmente propicios a dejarse endilgar por uno de ellos y a seguirle ciegamente; difícilmente se cree bajo palabra al semejante o al igual.
Y no sólo desaparece en las naciones democráticas la confianza en la agudeza de tales individuos; como he dicho antes, la convicción general de la superioridad de algún hombre no tarda en desaparecer. A medida que los hombres se nivelan, el principio de la igualdad de las inteligencias condiciona poco a poco en sus opiniones y se hace más difícil para un visionario cualquiera conquistar y ejercer un gran poderío sobre el ánimo de un pueblo.
En tales sociedades, las revoluciones intelectuales súbitas son entonces raras, ya que si echamos una mirada a la historia del mundo, veremos que lo que ha producido las grandes y rápidas mutaciones de las opiniones humanas es mucho menos la fuerza de un razonamiento que la autoridad de un nombre.
LA PASIÓN POR EL BIENESTAR NO DEJA TIEMPO PARA PENSAR E IMPIDE EL ENTUSIASMO POR LAS GRANDES IDEAS
Observemos por otra parte que, dado que a los hombres que viven en las sociedades democráticas ninguna sujeción les relega, habrá que convencerlos uno a uno. Mientras que en las sociedades aristocráticas basta influir en el ánimo de unos cuantos para que todos los demás les sigan. Si Lutero hubiera vivido en un siglo igualitario, no hubiera encontrado a señores y a príncipes que le escucharan, y quizá habría encontrado más dificultades para cambiar la faz de Europa.
No es que los hombres de las democracias estén naturalmente ciertos de sus opiniones, ni que sus creencias sean muy firmes; a menudo tienen dudas que nadie, a sus ojos, puede resolver. Sucede a veces en tales épocas igualitarias que el espíritu humano cambiaría gustoso de posición, pero como nada le fuerza ni le dirige, oscila alrededor de sí mismo, pero no se mueve.
Aun si se supusiera ya conquistada la confianza de un pueblo democrático, resultaría difícil lograr su atención. No es fácil hacerse escuchar por los hombres de las democracias cuando no se les habla de ellos mismos. No oyen lo que se les dice de puro ocupados que andan con sus trabajos. En efecto, en las naciones democráticas hay pocos ociosos. La vida transcurre entre el movimiento y el ruido, y los hombres, tanto se ocupan en su “hacer”, que no tienen tiempo para pensar. Perpetuamente en acción, cada una de sus acciones absorbe su alma; el ardor que ponen en sus negocios les impide entusiasmarse con las ideas.
En mi opinión resulta sumamente difícil excitar el entusiasmo de un pueblo democrático con una teoría que no tenga relación visible, directa e inmediata con la práctica cotidiana de su existencia. Un pueblo así no abandona fácilmente sus antiguas ideas. Pues es el entusiasmo el que saca al espíritu humano de los caminos conocidos; él impulsa tanto las grandes revoluciones como las políticas.
Así pues, los pueblos democráticos no tienen ni tiempo ni ganas para explorar nuevas opiniones. Incluso cuando dudan de las que sustentan las conservan, ya que se necesitaría demasiado tiempo y un examen detenido para cambiarlas; las mantienen no por ciertas, sino por establecidas.
Si en un pueblo semejante las influencias individuales son débiles y casi nulas, el poder ejercido por la masa sobre el espíritu de cada individuo es muy grande. Sería erróneo creer que ello depende de la forma de gobierno y que la mayoría perdería su imperio intelectual al perder el político. En efecto, el favor público parece allí tan necesario como el aire que se respira, y puede decirse que estar en desacuerdo con la masa equivale a dejar de vivir. La masa no necesita las leyes para someter a quienes no piensa como ella; le basta con su desaprobación. El aislamiento y la impotencia de los disidentes no tarda en abrumarlos y desesperarlos.
Siempre que las condiciones sociales son iguales, la opinión general pesa enormemente en el ánimo de cada individuo; le cerca, le dirige y le constriñe, y más por la constitución misma de la sociedad que por sus leyes políticas. Tanto más se asemejan los hombres, tanto más débil se siente cada uno respecto al conjunto. No percibiendo nada que le eleve ni distinga de los otros, desconfía de sí mismo cuando le atacan; no sólo duda de sus fuerzas, sino que llega a dudar hasta de su derecho, y está por reconocer que se equivoca si el mayor número así lo afirma. La mayoría no tiene necesidad de obligarle; le convence.
COMO SEA QUE SE ORGANICEN Y EQUILIBREN LOS PODERES EN UNA DEMOCRACIA, EL VANO FANTASMA DE LA OPINIÓN PÚBLICA PARALIZA Y SILENCIA A VISIONARIOS Y DISIDENTES
De cualquier manera que se organicen y equilibren los poderes de una sociedad democrática, siempre será difícil creer en lo que niega la masa y profesar lo que condena. Este hecho favorece maravillosamente la estabilidad de las creencias. Ocurre a veces que el tiempo, los acontecimientos o el esfuerzo individual y solitario de las inteligencias acaban por quebrantar o destruir poco a poco una creencia sin que exteriormente se perciba. No se la combate abiertamente, nadie se reune para hacerle la guerra. Sus sectarios la abandonan uno por uno, sencillamente; pero cada día unos cuantos más son los que la dejan, hasta que no es compartida sino por un número mínimo. Y aun en tal estado sigue reinando en apariencia.
La mayoría ya no cree, pero se comporta como si creyera, y ese vano fantasma de una opinión pública basta para paralizar a los visionarios y mantenerlos en el silencio y en el respeto.
A medida que examino con mayor atención las necesidades y las tendencias naturales de los pueblos democráticos, me convenzo de que si la igualdad llegara a establecerse de una manera general y permanente en el mundo, las grandes revoluciones intelectuales y políticas se harían cada vez más difíciles y raras de lo que se cree.
¿Me atreveré a decirlo en medio de las ruinas que me rodean? Lo que más temo por las generaciones futuras no son las revoluciones.
Si los ciudadanos continúan aislándose cada vez más estrechamente en el círculo de los pequeños intereses domésticos y agitándose en él sin descanso, es de prever que acabarán por hacerse inaccesibles a esas grandes y poderosas emociones públicas que turban a los pueblos, pero que los alimentan y los renuevan.
Cuando veo hacerse a la propiedad tan móvil y al amor que se le tiene tan inquieto y ardiente, no puedo menos de temer que los hombres lleguen al punto de considerar toda nueva teoría como un peligro, toda innovación como un enojoso desorden, todo progreso social como un primer paso hacia una revolución, y se nieguen por entero al cambio por miedo a ser arrastrados por él. Tengo miedo, lo confieso, de que se dejen dominar hasta tal punto por un miserable gusto por los goces del día, que su interés por el propio futuro y el de sus descendientes desaparezca y prefieran seguir muellemente el curso de su destino a hacer, si es preciso, un súbito y enérgico esfuerzo para enderezarlo.
Sé que las nuevas sociedades cambiarán cada día su aspecto; pero me temo que caben fijándose con excesiva indiferencia en las mismas instituciones, los mismos prejuicios y las mismas costumbres, de suerte que el desarrollo humano se frene y se limite; que el espíritu se atenga y se retenga eternamente a sí mismo sin producir nuevas ideas; que el hombre se agote en pequeños movimientos solitarios y estériles y que la humanidad, removiéndose sin cesar, no dé un paso adelante.
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ALEXIS DE TOCQUEVILLE, La democracia en América II, Tercera Parte, capítulo 21 (texto abreviado). Alianza Editorial, 2006. Traductora: Dolores Sánchez de Aleu.


