Filosofía Digital

“Me he esmerado en no ridiculizar ni lamentar ni detestar las acciones humanas, sino en entenderlas.” Baruch de Spinoza

UNA LEY MORAL SUPERIOR, por Mª Dolores Martínez

Categoría: -TRIBUNA LIBRE — May 11, 2008 @ 1:48 pm

“Me gustaría comenzar desde cero; sé que es una utopía, pero la imaginación está para expresar utopías, para engrandecer al ser humano y para abrir nuevas vías inexploradas que quizá sean un salvavidas para alguien, en algún momento de su vida. Siempre he considerado la máxima de: “No hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti”, como una ley superior en todos los sentidos. Una ley para poder andar por la vida con la conciencia tranquila, sabiendo cómo actuar en cada momento respecto al prójimo. No es una máxima mojigata, es una máxima para poder construir sociedades armónicas. “

* * * * * *

Si se consigue establecer un estado social en el que cada uno tenga algo que conservar y poco que adquirir, se habrá hecho mucho por la paz del mundo.”

Si queremos crear un cuerpo social armónico, ¿no deberíamos empezar por dejar de ignorar lo que nuestra mano derecha le está haciendo a nuestra mano izquierda? (Foto: Antonio Más Morales)

Me gustaría comenzar desde cero; sé que es una utopía, pero la imaginación está para expresar utopías, para engrandecer al ser humano y para abrir nuevas vías inexploradas que quizá sean un salvavidas para alguien, en algún momento de su vida.

Como decía, me gustaría comenzar desde cero, no sólo a nivel de sociedad humana, sino también a nivel individual, mental y espiritual. En ese estado prestaría especial interés a :

1- Adquirir, inculcar y practicar la honradez como norma de vida y de sociedad.

2- Conservar y respetar, como un tesoro la dignidad esencial como base de cualquier construcción social.

Si bien la segunda no se puede enseñar, la primera sí puede ser inculcada en las mentes y corazones desde pequeños, no sólo con palabras, sino principalmente con el ejemplo. La segunda sería una consecuencia de la primera

Siempre he considerado la máxima “No hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti”, como una ley superior en todos los sentidos. Una ley para poder andar por la vida con la conciencia tranquila, sabiendo cómo actuar en cada momento respecto al prójimo. No es una máxima mojigata, es una máxima para poder construir sociedades armónicas. Cuando se plantea cualquier situación en la que uno debe actuar es muy fácil preguntarse ¿me gustaría que me hiciesen a mi lo que yo hago a esta persona? La respuesta que llega a la conciencia es clara, cien por cien fiable y certera.

Pero me temo que es una máxima que hay que enseñar con la Lógica de un ser evolucionado. Porque primitiva e instintivamente deseamos ponernos por encima del prójimo y si para ello hay que aplastarle eso se hace sin mirar las consecuencias. Y con la lógica de un ser primitivo, todo lo que es honrado es sinónimo de estupidez.

Actualmente nuestras sociedades se rigen por normas primitivas e instintivas, de ahí las desigualdades, los crímenes, los abusos a los débiles, las guerras y demás vergüenzas que entretejen y son la base de una sociedad, aún más enferma si cabe, para futuras generaciones.

Comentario publicado en AMOR AL CAMBIO Y MIEDO A LAS REVOLUCIONES

AMOR AL CAMBIO Y TEMOR A LAS REVOLUCIONES, por Alexis de Tocqueville

Categoría: -MUNDO LIBRE — May 10, 2008 @ 9:32 pm

“Si se consigue establecer un estado social en el que cada uno tenga algo que conservar y poco que adquirir, se habrá hecho mucho por la paz del mundo. Entre los dos extremos de las sociedades democráticas, hay una muchedumbre innumerable de hombres casi iguales, que sin ser precisamente ricos o pobres, poseen suficientes bienes como para desear el orden, pero no como para despertar la envidia.  Así se da en los hombres más libertad para cambiar y menos interés en el cambio. No sólo los ciudadanos de las democracias no desean naturalmente las revoluciones, sino que las temen. Será inútil hablarles de los intereses y derechos del género humano; su pequeña empresa doméstica absorbe por el momento todos sus pensamientos y les hace desear que las agitaciones públicas se pospongan. Esto no sólo les impide hacer revoluciones, sino hasta desearlas. El ardor que ponen en sus pequeños intereses apaga de antemano el que podrían sentir por los grandes. Aman el cambio, pero temen las revoluciones.”

* * * * * *

Casi todas las revoluciones que han cambiado la faz de los pueblos persiguieron consagrar o destruir la desigualdad. Si descartamos las causas secundarias que han producido las grandes agitaciones humanas, casi siempre encontraremos la igualdad. O han sido los pobres, que han querido arrebatar los bienes a los ricos, o los ricos, que han pretendido sujetar a los pobres. Así pues, si se consigue establecer un estado social en el que cada uno tenga algo que conservar y poco que adquirir, se habrá hecho mucho por la paz del mundo.

EN LAS SOCIEDADES DEMOCRÁTICAS, LOS CIUDADANOS NO SÓLO NO DESEAN REVOLUCIONES, SINO QUE LAS TEMEN

No ignoro que en un gran pueblo democrático siempre hay ciudadanos muy pobres y ciudadanos muy ricos; pero los pobres, en lugar de formar la inmensa mayoría de la nación como sucede en las sociedades aristocráticas, son pocos, y la ley no los mantiene atados a la mesa con los lazos de una miseria irremediable y hereditaria.

Cuadro: Revolución, de Kosch. Los habitantes de pueblos democráticos, aman los cambios superficiales, pero temen las revoluciones intelectuales o políticas.

Los ricos son, por su parte, escasos y poco poderosos; no gozan de privilegios que atraigan las miradas; su riqueza misma, no estando ya ligada a la tierra ni representada por ella, es incorpórea y como invisible. Del mismo modo que ya no existe una casta de pobres, tampoco la hay de ricos; éstos surgen cada día del seno de la multitud, a la que retornan sin cesar. No forman, pues, una clase aparte a la que se pueda fácilmente definir y despojar; y además, como se liga por infinidad de lazos secretos a la masa de sus conciudadanos, el pueblo no puede atacarlos sin herirse a sí mismo.

Entre estos dos extremos de las sociedades democráticas, hay una muchedumbre innumerable de hombres casi iguales, que sin ser precisamente ricos o pobres, poseen suficientes bienes como para desear el orden, pero no como para despertar la envidia. Éstos se oponen naturalmente a los movimientos violentos; su firmeza mantiene en reposo todo lo que se encuentra por encima y por debajo de ellos, y consolida las bases del cuerpo social. Así se da en los hombres más libertad para cambiar y menos interés en el cambio. No sólo los ciudadanos de las democracias no desean naturalmente las revoluciones, sino que las temen. […]

TEXTO COMPLETO EN MUNDO LIBRE DIGITAL

LA SOCIEDAD ES UNA BENDICIÓN, PERO EL GOBIERNO ES UN VERDUGO, por Thomas Paine

Categoría: -MUNDO LIBRE — May 9, 2008 @ 5:47 pm

“La sociedad es obra de nuestras necesidades, y el gobierno de nuestra perversión; la primera promueve nuestra felicidad positivamente al unir nuestros afectos; el último negativamente, al refrenar nuestros vicios. Una favorece la cooperación; el otro crea distinciones. La primera es un patrón, el último un verdugo. La sociedad en cada estado es una bendición, pero el gobierno, incluso en su mejor estado, no es sino un mal necesario, y en su peor condición intolerable; porque, cuando sufrimos o somos expuestos por causa de un gobierno a las mismas miserias que podríamos esperar de un país sin gobierno, nuestra infelicidad se ve aumentada al considerar que nosotros mismos nos proveemos de los medios que nos hacen sufrir. El gobierno, como el vestido, es el ropaje de la pérdida de la inocencia. Si los impulsos de la conciencia fueran claros, uniformes e irresistiblemente establecidos, el hombre no necesitaría de legislador. Pero, no siendo éste el caso, encuentra necesario delegar una parte de su propiedad a fin de conseguir los medios para proteger el resto. Consecuentemente, siendo la seguridad el verdadero fin y objeto del gobierno, se sigue indudablemente que la forma de gobierno más idónea para nuestra seguridad, cualquiera que sea, de menor costo y mayor beneficio, es preferible a ninguna otra.”

* * * * * *

Algunos escritores han confundido de tal manera la sociedad con el gobierno que han hecho escasa o ninguna distinción entre ambas, a pesar de que no sólo son diferentes, sino que tienen orígenes distintos.

LA SOCIEDAD ES UNA BENDICIÓN, PERO EL GOBIERNO, INCLUSO EN SU MEJOR ESTADO, NO ES SINO UN MAL NECESARIO

La sociedad es obra de nuestras necesidades, y el gobierno de nuestra perversión; la primera promueve nuestra felicidad positivamente al unir nuestros afectos; el último negativamente, al refrenar nuestros vicios. Una favorece la cooperación; el otro crea distinciones. La primera es un patrón, el último un verdugo.

El gobierno, como el vestido, es el ropaje de la pérdida de la inocencia. Si los impulsos de la conciencia fueran claros, uniformes e irresistiblemente establecidos, el hombre no necesitaría de legislador.

La sociedad en cada estado es una bendición, pero el gobierno, incluso en su mejor estado, no es sino un mal necesario, y en su peor condición intolerable; porque, cuando sufrimos o somos expuestos por causa de un gobierno a las mismas miserias que podríamos esperar de un país sin gobierno, nuestra infelicidad se ve aumentada al considerar que nosotros mismos nos proveemos de los medios que nos hacen sufrir.

El gobierno, como el vestido, es el ropaje de la pérdida de la inocencia; los palacios de los reyes están construidos sobre las ruinas de las arquerías del paraíso. Si los impulsos de la conciencia fueran claros, uniformes e irresistiblemente establecidos, el hombre no necesitaría de legislador. Pero, no siendo éste el caso, encuentra necesario delegar una parte de su propiedad a fin de conseguir los medios para proteger el resto, y está inducido a hacerlo por la misma prudencia que en cualquier caso le aconseja elegir el menor de dos males. Consecuentemente, siendo la seguridad el verdadero fin y objeto del gobierno, se sigue indudablemente que la forma de gobierno más idónea para nuestra seguridad, cualquiera que sea, de menor costo y mayor beneficio, es preferible a ninguna otra. […]

TEXTO COMPLETO EN MUNDO LIBRE DIGITAL

NO CREEMOS EN NINGUNO DE LOS IDEALES DE ESTA ÉPOCA, por Hermann Hesse

Categoría: -CONCIENCIA VIGILANTE — May 7, 2008 @ 4:55 pm

“De manera alguna me arrogo la pretensión de tener razón. Pero, en nuestro instante universal, considero que no es perjudicial, sino bueno y correcto, sacudir al hombre común de hoy en día por la fe fanática que le merecen el nivel del progreso alcanzado, sus máquinas, su modernismo ávido de placeres y su aversión a las obligaciones. Sufro bajo la miseria de nuestra época, pero no me considero llamado a guiar a los demás para escapar de ella; estoy dispuesto a recorrerla, como a través de un infierno, con la esperanza de hallar en el más allá una nueva inocencia y una vida más digna. Pero no estoy en condiciones de entregar ese más allá por un ahora y un aquí. Necesita y exige un conductor quien es incapaz de responsabilizarse y de pensar por sí mismo. Mi papel no puede ser el de sacerdote, pues detrás de mí no hay iglesia alguna, y aun cuando he tratado de dar consejo a millares de personas en cartas e indicaciones, nunca lo hice como conductor, sino siempre como compañero de sufrimientos, como hermano algo mayor.”

* * * * * *

Distinguido doctor Jordan:

Ha llegado a mi poder su carta abierta, encabezada con el epígrafe “La misión del poeta”, y halló eco en mí, pues es cordial y bien intencionada, y aun cuando supongo que es usted un católico militante, de manera alguna la siento como una manifestación partidista. Creo que no lograremos entendernos sobre algunos puntos, pues nuestros orígenes son harto diferentes; pero, en cambio, creo responder a otros que juzgo importantes y, aun cuando las respuestas no le satisfagan, reconocerá usted su sinceridad.

EXHORTO CONTRA EL OPTIMISMO ENGAÑOSO, Y CONTRA LA AVERSIÓN DE LOS PUEBLOS Y DE LOS INDIVIDUOS A ASUMIR SU RESPONSABILIDAD

Aun cuando lo hago a disgusto, debo recordarle, ante todo, que su conocimiento acerca de mi trabajo literario es muy fragmentario y su carta abierta se refiere a una parte aislada, no medular de mi labor: a mis ocasionales artículos periodísticos. En algunos de esos artículos descubre usted expresado un pesimismo que en última instancia encuentra irresponsable, y lo comprendo.

Los siete sabios chinos.

Desde mi punto de vista, estos artículos ocasionales que se sirven a sabiendas y deliberadamente de esa forma que se llama “folletín”, representan en primer lugar una parte intrascendente de mi trabajo y, en segundo lugar, esas manifestaciones ocasionales, algo triviales, a menudo coloreadas de ironía, tienen para mí un significado común: a saber, la lucha contra aquello que en nuestra publicidad llamo optimismo engañoso.

Cuando recuerdo, de tanto en tanto, que el hombre es un producto muy amenazado y peligroso, cuando por momentos destaco lo deficiente y trágico de la humanidad, precisamente allí donde estamos acostumbrados a tomar las cosas a la ligera y a la vanidad (en el periódico), ésta es una parte pequeña en magnitud e importancia, pero a pesar de todo consciente y responsable, de mi actividad: la lucha contra la religión europea-americana adoptada por el hombre moderno y soberano que ha logrado llegar hasta este nivel.

Si recuerdo con especial énfasis el carácter dudoso de la Humanidad, es como un grito de guerra contra la pueril, pero muy peligrosa vanidad del hombre de la masa, carente de fe y de discernimiento en su ligereza, su arrogancia, su falta de humildad, de duda, de responsabilidad. Las palabras de este tipo, que he pronunciado, no van dirigidas a la Humanidad, sino a la época, a los lectores de periódicos, a una masa cuyo peligro, según mi convicción, no consiste en falta de fe en sí misma y en la propia grandeza.

A menudo, también he ligado a esta advertencia general respecto a la futilidad de este híbrido humano, la exhortación inmediata respecto a los acontecimientos de nuestra historia reciente, a la ignorancia y la insensatez grandilocuente con la que marchamos a la guerra, a la aversión de los pueblos como de los individuos de buscar en sí mismos la responsabilidad compartida.

Comprendo que estas manifestaciones, a las que precisamente un sentido de la propia impotencia les da por momentos una particular rudeza desesperada en la formulación, no resulte agradable a muchos. De manera alguna me arrogo tampoco la pretensión de tener razón. Me sé cautivo en el tiempo y en mi propio yo, pero no obstante responsabilizo en forma absoluta a esta parte de mi actividad (como ya he dicho intrascendente) y, en nuestro instante universal, considero que no es perjudicial, sino bueno y correcto, sacudir al hombre común de hoy en día por la fe fanática que le merecen el nivel del progreso alcanzado, sus máquinas, su modernismo ávido de placeres y su aversión a las obligaciones.

NO OCULTAMOS QUE EL ALMA DE LA HUMANIDAD ESTÁ EN PELIGRO Y DESFIGURADA, PERO CREEMOS QUE PUEDE SER CURADA Y PURIFICADA

Por otra parte, a estas exteriorizaciones vinculadas al tiempo y, más que nada, ocasionales, se oponen otros trabajos míos, sobre todo mis novelas, y en ellas se le ha brindado mucho margen a la problemática y a la tragedia de la esencia humana, pero en todas ellas también se encuentra expresada la fe, no en un significado de nuestra vida y nuestras necesidades, formulado de manera singular y dogmática, pero sí en la posibilidad que tiene cada alma de comprender intuitivamente tal significado, y de elevarse y redimirse al servirlo. Y en un ensayo al que puse un título muy parecido al de la carta abierta que usted me dirigió, escribí sobre la misión del poeta, en nuestra época, lo siguiente:

Nos asfixiamos en la atmósfera irrespirable ya para nosotros, del mundo de las máquinas y de las bárbaras necesidades que nos rodea, pero no nos separamos del todo, lo aceptamos como nuestra participación en el destino del mundo, como nuestra misión, como nuestro examen. No creemos en ninguno de los ideales de esta época, pero creemos que el hombre es inmortal y que su imagen puede curarse de toda desfiguración, puede salir purificada de todo infierno. No ocultamos que el alma de la Humanidad está en peligro y se encuentra al borde del abismo, pero tampoco debemos ocultar que creemos en su inmortalidad”.

En verdad, sucede que precisamente eso que exige del poeta en su carta abierta, ya para la cual invoca como testigo al “olímpico Goethe”, ese olímpico estar por encima no es mi cometido. Tal vez sea cometido del poeta clásico, pero no es el mío. De ningún modo siento el deber de disimular los abismos de la vida humana en general, ni de la mía propia, o de hacerla aparecer como inofensiva, sino reconocer, expresar y compartir el sufrimiento y el ser atormentado hasta el límite de los inhumano, precisamente en las formas que hoy presenta.

Los siete sabios de grecia.

Esto no es posible sin contradicciones y, sin duda, en mis libros se encuentran algunas frases que están en contradicción con otras frases de estos libros… Debo rendirme ante este hecho. La totalidad de mi vida y de mi obra no se presentaría a quien intentara abarcarlas como algo armonioso, sino como una lucha permanente en torno de un sufrir permanente, pero no descreído.

Postula que un escritor, que ha ganado la confianza de muchos lectores, tiene la obligación de erigirse en su conductor. Confieso que aborrezco la palabra “Führer” de la que hace uso abusivo la juventud alemana, pues necesita y exige un conductor quien es incapaz de responsabilizarse y de pensar por sí mismo. En la medida en que es posible dentro de nuestra época y nuestra cultura, el escritor no puede asumir este cometido.

Por cierto, debe ser responsable, y debe ser algo así como un arquetipo, pero no evidenciando superioridad, salud, incontrovertibilidad (sin modestia, no sería posible para nadie), sino teniendo a través de la renuncia a la conducción y la “sabiduría”, la decencia y la valentía de no dejarse meter en el papel de un sapiente y un sacerdote por la confianza de sus lectores, cuando en verdad no es sino alguien que barrunta y sufre.

La circunstancia que mucha gente, sobre todo los jóvenes, encuentra en mi obra, algo que les inspira confianza en mí, se explica deduciendo que hay muchos que sufren del mismo modo, luchan del mismo modo por hallar fe y un sentido, dudan de igual modo de su época y no obstante intuyen llenos de veneración, detrás de esta y toda época, lo divino. Hallan en mí a un vocero.

SUFRO BAJO LA MISERIA DE NUESTRA ÉPOCA, PERO NO ME SIENTO LLAMADO A CONDUCIR A LOS DEMÁS PARA ESCAPAR DE ELLA

A los jóvenes les hace bien ver a un individuo aparentemente acabado y desarrollado declararse partidario de algunas de sus penurias, y les hace bien a los que tienen dificultad para pensar y hablar, hallar expresada una parte importante de lo que han experimentado, por alguien que al parecer domina mejor el verbo.

Ciertamente, la pluralidad de estos jóvenes lectores no está satisfecha aún. Quisieran tener no sólo un compañero de sufrimiento, sino un “conductor”, aspiran a metas y triunfos inmediatos, anhelan infalibles recetas de consuelo. Pero estas recetas ya existen. La sabiduría de todos los tiempos está a nuestra disposición y he señalado a cientos y cientos de impetuosos jóvenes que me escribieron para oír ávidos la última sabiduría de mi boca, las verdaderas y auténticas palabras, las imperecederas de la China y la India, de la Antigüedad, de la Biblia y del Cristianismo.

No toda época, no todo pueblo ni todo idioma está destinado a expresar sabiduría. No en todo siglo vive un iniciado que, al mismo tiempo, es un maestro de la palabra. Sin embargo, todas las épocas y todos los pueblos tienen parte en el tesoro común y quien pretende tener la sabiduría de todos los tiempos formulada en forma absolutamente nueva y para su caso particular, como consuelo para su dolor personal, pondrá en la mano del hombre al que quisiera tener por conductor una autoridad y un poder como el que sólo puede conferir a sus ministros una verdadera iglesia. Mi papel no puede ser el de sacerdote, pues detrás de mí no hay iglesia alguna, y aun cuando he tratado de dar consejo a millares de personas en cartas e indicaciones, nunca lo hice como conductor, sino siempre como compañero de sufrimientos, como hermano algo mayor.

Temo mucho que no nos entendamos y bien quisiera poder convencerlo, no del valor ni de la categoría de mis ideas y de mi posición, sino de la necesidad, de la inevitabilidad de mi situación. Los que se vuelven a mí, los que buscan en mí sabiduría son, casi sin excepción, personas a las que  no pudo ayudar ningún credo tradicional. A muchos de ellos los orienté hacia los antiguos sabios y sus doctrinas. También les recomendé con insistencia los escritos de algunos destacados católicos contemporáneos.

Pero la mayoría de mis lectores se me aparece precisamente en su necesidad de venerar un dios velado. Quizá sólo sean los enfermos, los neuróticos, los insociables quienes se sienten atraídos por mí y mi obra; quizá el único consuelo que algunos de ellos encuentran en mí no sea sino el de redescubrir sus propias flaquezas y miserias en mí, un hombre de prestigio.

No es de mi incumbencia “decidirme” por un apostolado como usted demanda, sino realizar en el lugar que me ha señalado el destino todo cuanto me sea posible. Forma parte de ello, entre algunas otras cosas, no dar o prometer más de lo que tengo. Sufro bajo la miseria de nuestra época, pero no me considero llamado a guiar a los demás para escapar de ella; estoy dispuesto a recorrerla, como a través de un infierno, con la esperanza de hallar en el más allá una nueva inocencia y una vida más digna. Pero no estoy en condiciones de entregar ese más allá por un ahora y un aquí.

Por esta razón no creo que mi vida carezca de sentido, que no me guíe una misión. El perseverar en medio del caos, el poder esperar, la humildad ante la vida, aun cuando alarme por una aparente falta de sentido, también son virtudes, sobre todo en una época en la que son tan corrientes las nuevas elucidaciones de la historia universal, las nuevas orientaciones de la vida, los nuevos programas de todo orden.

Creo por cierto, más aún, tengo la plena certeza de que un crecido número de aquellos que se interesaron por mis obras durante un cierto tiempo, y para quienes fueron un estímulo, más tarde tuvieron que abandonarnos, a ellas y a mí, para no confundirse. Otros acuden a llenar el vacío dejado por los primeros y yo les ayudo a recorrer un tramo del camino hacia la hominización. Anhelo para los otros que sigan avanzando, que busquen y encuentren compañeros más fuertes que yo, que se aventuren por senderos más arriesgados. Yo debo quedarme en el mío, por dudoso que me pueda parecer a mí, y pueda parecer a otros, en estos momentos.

* * *

HERMANN HESSECartas escogidas, 1951. Edhasa, 1982. Traducción de María A. Gregor. 

LA EDUCACIÓN MODERNA, UN PELIGRO PARA LA LIBERTAD, por Jiddu Krishnamurti

Categoría: -CONCIENCIA VIGILANTE — May 5, 2008 @ 5:44 pm

“Como la mayor parte de nuestra educación consiste en la adquisición de conocimientos, nos está volviendo cada vez más mecánicos; nuestras mentes funcionan siguiendo cauces estrechos, ya estemos adquiriendo conocimientos científicos, filosóficos, religiosos, empresariales o tecnológicos. Todo esto conduce a un estilo mecánico de vida, a una estandarización mental; y así, poco a poco el Estado, incluso un Estado democrático, dicta e impone lo que deberíamos ser. Esto se ha convertido en un peligro para la libertad. La libertad es una cuestión muy compleja, y comprender su complejidad precisa del florecimiento de la mente. El florecimiento implica libertad. Una planta requiere libertad para crecer. El florecimiento de la mente sólo puede tener lugar cuando hay una percepción clara, objetiva e impersonal, cuando sobre la mente no pesa ninguna imposiciónÉsta es nuestra labor y responsabilidad como educadores.”

* * * * * *

La sociedad, la cultura en la que vivimos, exige que el estudiante se oriente hacia la consecución de un empleo y de seguridad física. Ésta ha sido la presión constante de todas las sociedades: primero la carrera y luego todo lo demás. O sea, primero el dinero, y luego los complejos aspectos de nuestra vida diaria.

El florecimiento implica libertad. Una planta requiere libertad para crecer. La buena educación tiene una única meta: ayudar a que las mentes florezcan libremente.

Nosotros estamos tratando de invertir este proceso porque el hombre no puede ser feliz solamente con dinero. Cuando el dinero se convierte en el factor dominante de la vida, existe un desequilibrio en nuestra actividad cotidiana.

Quisiera que todos los educadores comprendieran esto muy seriamente y vivieran su plena significación. Si el educador comprende la importancia de esto y en su propia vida lo pone en el lugar que le corresponde, entonces puede ayudar al estudiante, a quien los padres y la sociedad obligan a convertir la carrera en lo más importante. Quisiera recalcar este punto: que en estas escuelas se debe mantener en todo momento un modo de vida que cultive la integridad del ser humano.

Como la mayor parte de nuestra educación consiste en la adquisición de conocimientos, nos está volviendo cada vez más mecánicos; nuestras mentes funcionan siguiendo cauces estrechos, ya estemos adquiriendo conocimientos científicos, filosóficos, religiosos, empresariales o tecnológicos.

Nuestra forma de vida, tanto en el hogar como fuera de él, y nuestra especialización en una carrera específica, están volviendo nuestras mentes cada vez más estrechas, limitadas e incompletas. Todo esto conduce a un estilo mecánico de vida, a una estandarización mental; y así, poco a poco el Estado, incluso un Estado democrático, dicta e impone lo que deberíamos ser.

Naturalmente, la mayoría de las personas reflexivas se da cuenta de esto, pero por desgracia parece aceptarlo y soportarlo. Esto se ha convertido en un peligro para la libertad.

La libertad es una cuestión muy compleja, y comprender su complejidad precisa del florecimiento de la mente. Dependiendo de su cultura, de su educación, experiencia y superstición religiosa -o sea, de su condicionamiento-, cada cual definirá dicho florecimiento de forma diferente. Aquí nosotros no estamos tratando con opiniones o prejuicios, sino con una comprensión no verbal de las implicaciones y consecuencias del florecimiento de la mente.

Este florecimiento consiste en el desarrollo y cultivo integral de nuestras mentes, corazones y bienestar físico; o sea, en poseer una armonía completa desprovista de toda oposición y contradicción. El florecimiento de la mente sólo puede tener lugar cuando hay una percepción clara, objetiva e impersonal, cuando sobre la mente no pesa ninguna imposición.

No es una cuestión de lo que hay que pensar, sino de cómo pensar claramente. A lo largo de los siglos, mediante la propaganda y demás se nos ha alentado en el qué pensar. En esto consiste la mayor parte de la educación moderna y no en la investigación de toda la dinámica del pensamiento. El florecimiento implica libertad. Una planta requiere libertad para crecer.

En cada carta trataremos del despertar del corazón, que no es algo sentimental, romántico o imaginario, sino la bondad que nace del afecto y del amor; y sobre el cultivo del cuerpo, la alimentación correcta y el ejercicio adecuado, todo lo cual acabará generando una sensibilidad profunda.

Cuando la mente, el corazón y el cuerpo se hallan en completa armonía, entonces el florecimiento adviene de forma natural, con facilidad y excelencia. Ésta es nuestra labor y responsabilidad como educadores.

La docencia es la mayor de las profesiones que hay en la vida.

* * *

JIDDU KRISHNAMURTI, La educación integral. Cartas a las escuelas, Gaia Ediciones, 2007. Traducción: Armando Clavier. Revisión: Javier Gómez Rodríguez.

¿CUÁL ES LA MEJOR FORMA DE GOBIERNO?, por Thomas Paine

Categoría: -MUNDO LIBRE — May 3, 2008 @ 9:59 pm

“El gobierno, conforme al antiguo sistema, es una toma del poder, para el engrandecimiento de sí mismo; conforme al nuevo, es una delegación del poder en beneficio común de una sociedad. El primero se mantiene mediante un sistema de guerra; el segundo promueve un sistema de paz, como auténtico medio de enriquecer a una nación. El uno fomenta los prejuicios nacionales; el otro promueve la sociedad universal, como medio de comercio universal. El uno mide su prosperidad por la cantidad de tributos que extrae, el otro demuestra su excelencia por la pequeña cantidad de impuestos que requiere. Todo gobierno que no actúe conforme a los principios de una república, o dicho en otros términos, que no convierta a la ‘res-publica’ en un objetivo pleno y exclusivo, no es un buen gobierno. El gobierno republicano no es otra cosa que el gobierno establecido y aplicado en beneficio del público, tanto individual como colectivamente. No guarda forzosamente relación con ninguna forma determinada, pero acompaña con la mayor naturalidad a la forma representativa, como mejor idea para lograr los fines para los cuales la nación corre con los gastos de sufragarlo”.

* * * * * *

Nada puede parecer más contradictorio que los principios conforme a los cuales se iniciaron los gobiernos antiguos y la condición a la cual la sociedad, la civilización y el comercio pueden llevar a la humanidad.

TODO GOBIERNO HEREDITARIO, EN TODO O EN PARTE, ES TIRÁNICO POR NATURALEZA

El gobierno, conforme al antiguo sistema, es una toma del poder, para el engrandecimiento de sí mismo; conforme al nuevo, es una delegación del poder en beneficio común de una sociedad. El primero se mantiene mediante un sistema de guerra; el segundo promueve un sistema de paz, como auténtico medio de enriquecer a una nación. El uno fomenta los prejuicios nacionales; el otro promueve la sociedad universal, como medio de comercio universal. El uno mide su prosperidad por la cantidad de tributos que extrae, el otro demuestra su excelencia por la pequeña cantidad de impuestos que requiere.

Las meninas, de Velázquez. La sucesión hereditaria pone a la monarquía bajo el aspecto más ridículo, al representarla como un cargo que cualquier niño o idiota puede desempeñar.

El Sr. Burke ha hablado de Whigs antiguos y nuevos. Si le agrada entretenerse con nombres y distinciones pueriles, no seré yo quien le prive de ello. No es a él, sino al abate de Sieyès a quien dedico este capítulo.

Si bien cabría demostrar que el sistema de gobierno al que ahora se llama NUEVO es el más antiguo en principio de cuantos han existido, por fundarse en los Derechos del Hombre inherentes; no obstante, como la tiranía y la espada han suspendido el ejercicio de esos derechos desde hace muchos siglos, en aras de la claridad vale más llamarlo nuevo que reivindicar el derecho de llamarlo antiguo.

La primera distinción general entre estos dos sistemas es que el que ahora se llama antiguo es hereditario, en todo o en parte, y el nuevo es totalmente representativo. Repudia todo gobierno hereditario. Primero: por ser un engaño a la humanidad. Segundo: por ser inadecuado para los fines para los que es necesario el gobierno.

Todo gobierno hereditario es tiránico por naturaleza. Una corona hereditaria, o un trono hereditario, o el nombre fantasioso que se le dé a estas cosas, no tiene más explicación plausible que la de que la humanidad es una propiedad heredable. Heredar un gobierno es heredar personas, como si fueran vacas u ovejas. […]

TEXTO COMPLETO EN MUNDO LIBRE DIGITAL

LOS BUENOS TIENEN MIEDO Y CALLAN, por Mª Dolores Martínez

Categoría: -TRIBUNA LIBRE — May 2, 2008 @ 12:36 pm

“Esa es la corrupción que actualmente nos invade. Los hombres malvados están saturados de poder, entretejiendo corrupciones y maldades en la sociedad. El tejido es tan intenso, que es imposible de traspasar sin salir malherido o herido mortalmente. Los hombres buenos y válidos por naturaleza detestan el poder. Pero en tiempos, como los actuales, en que la maldad y la corrupción están destrozando el tejido social, los hombres buenos sienten que deben hacer algo. Lo intentan, pero la fuerza y el poder de los hombres malvados les hace retroceder. Los hombres buenos tienen miedo y callan. Saben que no podrán hacer nada ellos solos contra los poderosos.”

* * * * * *

Después este procedimiento se volvió perniciosísimo, una vez corrupta la ciudad, porque solicitaban las magistraturas no los que tenían más virtud, sino los que ostentaban mayor poder, y los que no eran poderosos, aunque fueran virtuosos, se abstenían de demandarlas por miedo.”

Efectivamente, los poderosos siguen manteniendo su poder porque los hombres buenos tienen miedo. Un hombre bueno jamás utilizará su poder para hacer el mal. Sin embargo, un hombre malo utilizará su poder para su propio beneficio, y si su propio beneficio incluye hacer maldades contra sus oponentes, así lo hará para mantener sus prebendas y poder intactos.

Oveja negra

Esa es la corrupción que actualmente nos invade. Los hombres malvados están saturados de poder, entretejiendo corrupciones y maldades en la sociedad. El tejido es tan intenso que es imposible de traspasar sin salir malherido o herido mortalmente.

Los hombres buenos y válidos por naturaleza detestan el poder. Pero en tiempos, como los actuales, en que la maldad y la corrupción están destrozando el tejido social, donde la bondad del ser humano ha sido humillada, encarcelada y apartada en un rincón para ser motivo de burla y escarnio, los hombres buenos sienten que deben hacer algo. Lo intentan, pero la fuerza y el poder de los hombres malvados les hace retroceder. Es normal que sientan miedo. Es normal sentir miedo de los hombres actuales en el poder. Su maldad hará que  defiendan sus prebendas con todas la crueldad que hay en sus corazones, que es mucha.

Los hombres buenos tienen miedo y callan. Saben que no podrán hacer nada ellos solos contra los poderosos.

Mientras tanto el destino de los pueblos durmientes,  manipulado a través  de la educación y los medios de comunicación, está en manos de hombres corruptos y malvados.

¡Cuánto se parece la historia de la corrupta Roma a nuestra actual historia! ¿O acaso es que jamás dejaron el poder los corruptos? ¿Acaso los hombres buenos y justos han sido aniquilados, ninguneados o acallados en todas las épocas por los corruptos en el poder?

La historia se repite, como una noria decadente que da vueltas y más vueltas… ¿Quién la parará?